2016

Pasó la página de opinión con gesto displicente. Acababa de leer un artículo con escueto titular numérico en el periódico local que compraba religiosamente a diario, otra prospección hacia el futuro de esas que el colectivo que firmaba bajo el nombre de “La otra orilla” había estado publicando durante el mes de agosto. A veces les echaba un vistazo a esos textos, no siempre le gustaban ni estaba de acuerdo con lo que decían, pero al menos reconocía que esa gente mantenía el rigor y, cómo explicarlo, cierto ingenuo aire fresco que le recordaba a sus sueños de juventud.

Ay, la juventud… En esos pensamientos era donde comprobaba interiormente el paso del tiempo, en que ya no vivía la vida como un viaje ilimitado sino como un trayecto con fecha de caducidad. Había vivido intensamente la Transición democrática y, aunque ya jubilado profesionalmente y de algunas militancias, no se había apeado del empeño en dejar un mundo mejor a las generaciones venideras. Por eso le habían enganchado aquellos artículos, porque conectaban con sus aspiraciones más íntimas.

Es verdad que muchas ilusiones de antaño ya no le acompañaban. Decía de sí mismo que era un optimista bien informado, al estilo de Saramago, y para eso hacía falta digerir muchos dolores colectivos, tantos millones de personas nacidas para sufrir… Desde ahí, desde el sufrimiento de los débiles era desde donde podían provenir los cambios reales. Porque esos cambios se darían, claro que sí, de un modo u otro. No esperarlos era lo mismo que morir, y él no estaba dispuesto a suicidarse.

Ahora se daba cuenta de que eran necesarias no solo buenas intenciones o voluntad política, sino un cambio de conciencia personal, una disposición a abrir camino con los propios actos. Las revoluciones nunca eran de masas, eso había aprendido, y tampoco de individuos aislados. Y sí, luego vendría cumplir los objetivos de desarrollo sostenible, y detener el cambio climático, y ampliar las alternativas democráticas, y hasta derrotar al machismo, que tantos tentáculos tenía… Todas esas ventanas hacia el futuro a las que se había ido asomando durante el mes de agosto. Estaba bien soñar, pero si algo les pudiera decir a ese grupito que se permitía hacerlo en voz alta en su periódico, era esto: que el futuro se construye a golpe de pequeños cambios, casi invisibles, muchas veces enterrados bajo el manto marchito de lo cotidiano. Que hay que saber buscarlos y empujarlos. Y, sencillamente, que el futuro empieza hoy.

 

 

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Mª Angeles Pastor Alonso

Columnista de "La otra orilla", colaboradora en "Señales de Humo" y pieza en construcción de varios puzzles. Para completar da clases de Lengua.

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Columnista de "La otra orilla", colaboradora en "Señales de Humo" y pieza en construcción de varios puzzles. Para completar da clases de Lengua.

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