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Sale de su casa con prisa, hoy tiene una reunión con la alcaldesa y no debe llegar tarde. La verdad es que sale con prisa casi todas las mañanas, tener niños pequeños multiplica los esfuerzos, los suyos y los de su pareja. Mientras coge la bicicleta se acuerda, como tantas veces, de su madre: sigue sin entender cómo lo haría ella, que crió a sus hijos sujeta a rígidos horarios de trabajo, sin las posibilidades de conciliación laboral que hoy existían y sin las ayudas que la administración facilita a las familias. Es verdad que su padre compartía las tareas del hogar, pero aún así, ser mujer, madre y trabajadora era por entonces, hace algo más de treinta años, la cuadratura del círculo.

Mientras enfila el carril bici la brisa en el rostro se transforma en agradecimiento, y sonríe. Ha recordado a su abuela, la matriarca infatigable, que salió de la escuela a los 14 años pero era una mujer sabia de la que había aprendido el buen humor y la resistencia. Pasó con ella muchos veranos y tres tardes por semana, única forma de conjugar el calendario escolar con el horario de sus padres. Eso hacían entonces muchos abuelos, reconvertidos en cuidadores de sus nietos para que sus hijos pudieran ganarse la vida. Aún así, cuando nació su hermana pequeña su madre optó por una reducción de jornada que le costó muchos escalones de ascenso profesional. “Total, si no renuncio yo, el techo de cristal me aplastará”, le había oído muchas veces, sin entender qué significaba aquello.

Ahora lo sabía bien, aunque en verdad ella no se había topado con esa barrera invisible que detuvo la carrera laboral de  tantas mujeres. Su hija recibiría en herencia un mundo donde la igualdad de oportunidades era real, sin injustas discriminaciones de género. Aún existían listas cremallera y paridad en las entidades públicas, restos de un pasado que había terminado favoreciendo a los hombres, quién lo iba a decir. Muchas grandes empresas y organismos internacionales estaban ya presididos por mujeres y se reconocía su valía en todos los ámbitos sociales y políticos. A su abuela, que solía decir que debería haber nacido medio siglo después, le hubiera gustado ver aquello. En aquella queja sencilla podía oír el eco de la lucha de muchas mujeres anónimas, como su propia abuela, que hubiera sido, desde luego, una buena gestora de los proyectos sociales que motivaban la reunión de hoy con la alcaldesa. Llega al Ayuntamiento, aparca la bici y la sonrisa no le ha desaparecido del rostro.

 

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Mª Angeles Pastor Alonso

Columnista de "La otra orilla", colaboradora en "Señales de Humo" y pieza en construcción de varios puzzles. Para completar da clases de Lengua.

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