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Los-primeros-pasos-de-una-extincion-masivaEra buzo profesional. Siempre había querido ser buzo, y desde que tenía conciencia su vida estuvo unida al mar. Nació y creció en un pueblo costero: aún recordaba algunas imágenes terribles de la suciedad que expulsaba el mar hasta sus playas, animales muertos con el estómago lleno de plástico, vertidos que impedían el baño durante largos períodos… y aún así el mar siempre le pareció hermoso y contundente. Adentrarse en él era una experiencia plena, así que fue inevitable que terminara profesionalmente unido al mar.

Al principio se dedicó a diversas actividades relacionadas con el buceo: formación, pesca, localización de pecios… pero luego empezó aquel ambicioso programa de las Naciones Unidas para la Conservación y Recuperación de Mares y Océanos. Y enseguida comprendió que había nacido para eso, que aquel programa era lo único que quería hacer, su vocación, su destino. En 2021 la situación de los Mares y Océanos en todo el planeta estaba en un punto crítico: los caladeros estaban agotados, los grandes cetáceos habían sido exterminados, la contaminación tenía cotas intolerables, los vertidos de todo tipo se habían escapado de cualquier control y el mar era un vertedero gigante a punto de reventar.

Las grandes organizaciones ambientalistas lograron poner en la agenda política la protección de Mares y Océanos, y se empezó a invertir dinero y, sobre todo, convicción política. Llegó una generación de líderes mundiales con sensibilidad por los temas ambientales, y lo que antes eran declaraciones vacías y documentos de papel mojado empezaron a transformarse en acción, inversión y resultados.

En 40 años se había avanzado mucho: quedaba también mucho por hacer, pero los mares habían recuperado su vida y su esplendor, algunas especies se habían recuperado casi completamente y no quedaba ninguna en peligro de extinción. Las playas volvían a ser habitables y se había conseguido generar un comportamiento respetuoso hacia el entorno marino: los vertidos eran un excepción, y los protocolos para minimizar los daños funcionaban muy bien.

Él ya era viejo, pero seguía amando el mar como el primer día. Hacía tiempo que su trabajo no le exigía embarcarse, pero aún así cada tarde se asomaba al muelle y dejaba que la vista se perdiera entre las olas. Sabía mejor que nadie todo lo que escondía aquella masa de agua, el valor incalculable de los océanos, la belleza mareante de los fondos marinos… y comprendía que todo aquel esfuerzo, sin duda alguna, había merecido la pena. Los mares estaban a salvo del ser humano.

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Gonzalo Revilla

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