21 mm: el tamaño de nuestra codición

21 milímetros es lo que mide una colilla, más o menos. Conozco a muy pocos fumadores que no tiren sus colillas al suelo. Es nuestra condición. Nuestra calles están tan sucias que no nos preocupa añadir un residuo más. Y no podrán dejar de estarlo si no cambiamos esos hábitos: colillas, paquetes, cicles, papeles, plásticos, excrementos y un largo etcétera de basuras que los ciudadanos nos encargamos de dejar ahí, de tirar por la ventanilla del coche, por encima de nuestro hombro o a través de nuestro animal de compañía.

No debería resultar tan difícil: papeleras hay, pocas, pero hay. Quiero decir que no tirar basuras al suelo de nuestra ciudad no supone un esfuerzo relevante, es sencillo, tan solo se trata de modificar un hábito, no cuesta dinero… Y las ventajas son muchas. Supongo que todos hemos visitado alguna vez una ciudad o un pueblo “limpio”, con aceras despejadas de papeles y porquerías, sin cicles ni colillas. Es evidente que nuestra calidad de vida mejoraría muchísimo, y sin coste alguno. ¿Por qué no lo hacemos?

De fondo sospecho que es por esa desafección que mostramos hacia lo público. Nos parece que una vez atravesado el portal de casa nada depende de nosotros. Pero la escalera de nuestro bloque es también nuestra, la plaza en la que nos sentamos o las calles por las que paseamos son nuestras. Compartidas, pero nuestras. ¿Con qué criterio usamos el cenicero en casa y nos permitimos tirar las colillas en la acera? ¿Por qué reñimos al perro si defeca en casa y después dejamos su excremento en la acera de todos? No es más nuestra una cosa que la otra, ni tenemos distinta responsabilidad sobre los distintos espacios.

Podemos imaginar una ciudad limpia, donde no haya que ir esquivando basuras por la acera, donde las personas que barren las calles puedan concentrarse en las hojas de los árboles y en algún papel escurridizo, una ciudad de la que estar orgullosos, de esas que los visitantes recuerdan y comentan por la limpieza de sus calles. Y si podemos imaginarlo podemos hacerlo, y si podemos hacerlo no encuentro ninguna razón por la que prefiramos vivir en un entorno sucio.

Volviendo al título: es nuestra condición. De alguna manera en la higiene de nuestras aceras se refleja lo que somos como ciudadanos. Así que manos a la obra: dejamos de tirar colillas al suelo, recojamos los excrementos de nuestros animales, depositemos los papeles y botes en la papelera correspondiente, envolvamos los cicles en vez de escupirlos, no dejemos caer a la acera, a nuestra acera, ni un mínimo residuo, nada, y convirtamos nuestra ciudad en un espacio amigable. Es mejor para todos y no cuesta trabajo.

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Gonzalo Revilla

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