30 minutos.

Ya solo faltaban veinte minutos para agotar el tiempo.
Había dispuesto ya de diez, de los treinta establecidos, para el desayuno matutino.
Aún quedaba toda una mitad de café con leche, y un zumo de naranja completo.
Esa mañana consiguió devorar la media tostada con mantequilla, en un tiempo record. Con un gesto amable y una palabra de agradecimiento, animó a Pedro, el camarero nuevo, ya que cada vez lo hacía mejor. Había logrado atender y servir desayunos a gran número de gente con agrado y desparpajo en tan solo unos meses de aprendizaje. Aquellos treinta minutos eran para él toda una prueba de aptitud, dado el alto número de clientes que solían desayunar a esa hora.

Dos sorbos de café más, le sirvieron para poner en orden sus tareas laborales pendientes durante aquella mañana. Todo dependería de concretar la fecha de la reunión y el número de asistentes. Pero, eso sería después. Ahora se encontraba en la cafetería, disfrutando de su desayuno.

Le gustaba aquella cafetería con buen tiempo, por su terraza. La calle peatonal donde se encontraba era una de sus preferidas. Solía sentarse en una mesa soleada a disfrutar del desayuno entre una marea constante de gente transitando.
La marea siempre era de lo más variopinta. Agentes comerciales que hablaban velozmente de porcentajes y comisiones. Estudiantes enamoradas de un profesor de Física, locas por aprobar y recibir felicitaciones. Amas de casa que compartían recorrido hacia el mercado, entre confidencias y chismes televisivos. Niños medio llorando ante la negativa de la madre en concederles el capricho del último escaparate. Banqueros enfadados con el sistema informático de su oficina…

El último cigarrillo del paquete, daba por finalizado el desayuno y le hizo recordar que debía pasarse por el estanco antes de llegar a la oficina. Dejó con cuidado los tres euros del desayuno en un plato pequeño. Antes de levantarse comprobó, pulsando su reloj y oyendo la hora, que a los treinta minutos les quedaban uno solo. Desplegó su bastón blanco hasta ahora doblado en cinco partes, y lentamente fue dejando atrás aquella marea de sonidos y oscuridad.
Ahora, las barreras arquitectónicas de las calles de Huelva le harían perder, otros treinta minutos.

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