A comulgar

Imagínense una comunión sin trajes de novia o de marinerito. Imagínense una ceremonia sencilla, sin fotógrafos ni cámaras de vídeo paseándose por allí en medio. Luego sigan imaginando: no hay estampitas doradas con fotos de estudio, ni regalos encargados en una lista ni, por supuesto, banquetes en un restaurante. ¿Y qué dirían la familia y los amigos de algo así? ¿Qué dirían los fotógrafos, los comerciantes, los hosteleros? Sobre todo, ¿qué diría el niño o la niña que hacen la comunión? Pues seguramente, que eso no es comunión ni es nada. Yo conozco a familias que sí han conseguido dar la espalda a todos los topicazos de las comuniones. Y créanme, no es tan difícil. Se trata sencillamente de entender qué es lo que se celebra, y de celebrarlo, caramba, pero sin necesidad de ostentaciones, ni de convertir una fiesta religiosa en un pelotazo. Y a lo mejor a la Iglesia no le interesa.

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Mª Angeles Pastor Alonso

Columnista de "La otra orilla", colaboradora en "Señales de Humo" y pieza en construcción de varios puzzles. Para completar da clases de Lengua.

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