A comulgar

Lo de las comuniones lleva el mismo ritmo alucinante de las bodas, que a veces no se termina de entender cómo el consumismo y la tontería pueden no tener límites: los salones están en mayo a tope, los fotógrafos también, de los regalos mejor no hablemos, y hasta vi el otro día un coche de caballos paseando a unos niños vestidos de novia y marinerito. Sólo que en toda esta parafernalia ni siquiera se cuenta con el protagonista, porque el niño o la niña son sólo una pieza más del escaparate. Son los padres los que se empeñan, o es quizás esta sociedad nuestra, tan ostentosa y aparente, la que empuja hacia una escalada de pompa y boato que parece no tener fin. Una media de 1200 euros se gastarán las familias españolas este año en comuniones.¡Y quién pudiera no hacerlo!, pensará más de uno con cierto enfado… Pues a pesar de todo, conozco a familias que sí han conseguido dar la espalda a todos los topicazos supuestamente obligatorios en este asunto. Y créanme, no es tan difícil. Se trata sencillamente de entender qué es lo que se celebra -un sacramento, un signo cristiano que, por cierto, nada tiene que ver con el derroche y el lujo-, y de celebrarlo, caramba, pero sin necesidad de tanta teatralidad y despilfarro. Y puede que, de esa forma, hasta los niños recobren su protagonismo.

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Mª Angeles Pastor Alonso

Columnista de "La otra orilla", colaboradora en "Señales de Humo" y pieza en construcción de varios puzzles. Para completar da clases de Lengua.

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