A la cuneta

Daba pequeños sorbos a su taza de café. Estaba inquieto, inseguro, algo asustado. Hacía muchos años que no hablaba con la asistenta social de aquella organización humanitaria. En ese tiempo él había rehecho su vida, se había casado, y estaba viviendo con lo justo: muchas apreturas para llegar a fin de mes, pero con la dignidad intacta. Había creído que la pobreza, los albergues y la mendicidad se habían disuelto como un mal sueño. Se equivocó: lo que se disolvía ahora era su trabajo, su casa, su estabilidad, su familia; y de nuevo sentía esa horrible sensación de no tener un sitio, de ser invisible, de formar parte de los deshechos de una sociedad en la que sobraba de todo, excepto para él y para otros muchos como él. Miró el reloj: quedaban cinco minutos para su cita con el pasado. Apuró el café y se marchó en dirección contraria: no estaba preparado para volver a la cuneta. Aún no.

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Gonzalo Revilla

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