A Pedro Martínez Cardona

Pedro era un hombre separado, con dos hijos, sus cuarenta y cinco años no fueron especialmente dulces. Probó fortuna y deambuló por tierras catalanas, castellanas, andaluzas, … Hasta que llegó a Huelva, creyendo que el olor a fresa le sacaría de la miseria. No tuvo suerte y la situación se complicó. Para ganarse la vida, unos cuartos que le permitieran sobrevivir, comenzó a vender flores por la calle Concepción, pero aun así tuvo que comprobar lo que era dormir al raso. Una noche y otra y otra. Hiciera frío o hiciera calor. Como tantas otras personas de esas que pasan desapercibidas a nuestros ojos, como tantas otras hacia las que no queremos mirar, como tantas otras a las que abandonamos a su suerte, a las que no presentamos ninguna opción medianamente digna, medianamente aceptable. Hoy, debatiremos sobre violencia, sobre las circunstancias en las que murió Pedro, pero no nos preguntaremos sobre cómo vivió, y cómo viven en Huelva las más de cien personas sin hogar, abandonadas a su suerte, abandonadas por la administración, abandonadas por la sociedad. Y nadie se preguntará sobre las causas de esto. Y Pedro, esperamos, descansará en paz.

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Javier Rodríguez

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