Abdelmayid

A las 7:30 coge el autobús que lo lleva al tajo, cerca de Cartaya. Es el tercer año que acude a la campaña de la Fresa en Huelva, y ya no lleva tan mal lo de los dolores de espalda. La peonada resultaba invariablemente monótona y el mismo autobús que los trae por la mañana los devuelve a Huelva por la tarde. Y una vez allí deambula por la ciudad buscando algún lugar donde ducharse, algo de comida, un lugar para dormir. Con escasa suerte casi siempre. Termina acostado en un banco, sucio, esperando al autobús que lo devolverá al tajo a la mañana siguiente. Y así un día tras otro. Pronto volvería a Barcelona, allí el trabajo era más estable y tenía vivienda. Lleva más de 8 años en España, sus papeles están en regla, es un trabajador, tiene oficio, tiene dinero. Pero nadie le alquilaba una casa para ducharse después de una jornada de trabajo. Las cosas están así, le dicen. Y él trata de entender. Pero lo único que logra entender es que apenas tiene categoría de ?persona?: es inmigrante para muchos, mano de obra para los empresarios, terrorista para algunos pocos, sospechoso para la policía, usuario para las organizaciones humanitarias, cliente para los bancos. Pero no se ha sentido reconocido como persona en ningún momento desde que llegó de Marruecos. Y es por eso que cada vez le importa menos dormir en un banco, cada vez se siente menos humillado cuando ha de mendigar una ducha o una cama. Las cosas están así, le dicen. Y ha terminado creyendo que no puede estar de otra manera.

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Gonzalo Revilla

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