Acostumbradas a perder

El movimiento solidario perdió la lucha por el O,7%, por la condonación de la deuda externa a los países empobrecidos y por los Objetivos del Milenio. En Europa ganaron los que querían poner la construcción de la UE al servicio de las grandes corporaciones e impusieron Maastricht y todo lo que vino después. El movimiento antimilitarista perdió la batalla contra la OTAN, contra todas las guerras y contra todos los ejércitos. Las luchas sindicales de las últimas décadas ha terminado con una sonora derrota de tres reformas laborales a una. Las víctimas del machismo patriarcal no paran de crecer en una demostración de que el feminismo sigue perdiendo su lucha por una sociedad igualitaria. El movimiento ecologista va de derrota en derrota mientras la temperatura del planeta no para de crecer, montañas de residuos se acumulan por doquier o la biodiversidad va perdiendo especies a pasos agigantados. Las asociaciones de solidaridad con los inmigrantes ven como las alambradas y muros que pretenden derruir son cada vez más altos. Las desigualdades no paran de crecer: esta semana la Red de Lucha contra la Pobreza (EAPN) presentaba un informe sobre eso y señalaba cómo, entre otras consecuencias, los que sufren la pobreza no pueden disfrutar de la cultura, el deporte o unas buenas vacaciones y todos debemos sentirnos fracasados al observar la cronificación de los asentamientos chabolistas de temporeros agrícolas en nuestra provincia. Asentamientos donde esa cultura es un lujo inalcanzable.

Todas esas batallas se perdieron en fríos despachos, en aburridas sesiones parlamentarias o consejos de ministros, entre otros motivos porque el enemigo ha sido siempre muy poderoso, pero también se han perdido en lo pequeño, en lo cotidiano: cuando ante el trato injusto de un compañero de trabajo los demás optan por el silencio, cuando preferimos coger el coche en desplazamientos que podríamos hacer andando, en bus o en bici, cuando seguimos comprado camisetas baratas pese a saber que están fabricadas en condiciones de esclavitud, cuando nos tragamos, sin más, los discursos xenófobos de todo tipo, cuando seguimos dando por bueno que haya cosas de mujer y cosas de hombre…

Pero cada una de esas derrotas empujan la historia hacia adelante, por eso es necesario seguir luchando, seguir resistiendo, porque tenemos que comprender que cada derrota implica un pasito en la construcción de un mundo mejor.

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Javier Rodríguez

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