Acto de fe

Después de las elecciones me queda la sensación de que los electores son como esas chicas guapas a las que quieren seducir los mozos del pueblo, a las que agasajan con todo tipo de piropos y proposiciones, pero a las que luego abandonan cuando no consiguen llevárselas al huerto o cuando ya se las han llevado. Técnicamente resulta imposible realizar todas las promesas hechas en una campaña electoral: nosecuantas viviendas de protección oficial, acabar con la pobreza, el paro o solucionar los problemas medioambientales. A estas alturas todos nos conocemos en democracia y sabemos hasta donde podemos llegar con según qué político. Votar se convierte en un acto de fe para creernos que el programa electoral explicado (y algunas veces ocultado o adornado con trocherías) sea el eje municipal y no el desprestigio del rival o el pacto, o el cambio de cromos provincial. Claro que tanta promesa exuberante puede ser como el buen anuncio de un mal producto; desencanta cuando el envoltorio dice más que el contenido.

Para no empezar la legislatura con semejante desengaño, una de dos, o mantenemos el acto de fe que supone ir a votar en este panorama político o, mejor, nos empeñamos por exigirle a nuestros representados que lo que nos dijeron va a misa, si no quieren la apostasía en las próximas elecciones, que cada vez son más pronto.

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Victor Rodríguez

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