África armada

Dennis McNamara, consejero especial de la ONU para los refugiados, no pudo aguantar más. Criticó duramente a las potencias mundiales por descuidar a cerca de 12,5 millones de desplazados a la fuerza de sus países africanos (la mitad de los refugiados del mundo). Y fue mucho más allá, al acusarlas de proporcionar las armas con las que se matan los africanos en guerras que dejan les dejan expuestos a crímenes, hambre, enfermedades y secuestros, mientras las ambiciosas compañías explotan el petróleo y los yacimientos minerales. Esas mismas armas que también llevan los niños en los suburbios de Nairobi, Jartum, Abiyán o Monrovia.

Esta es la lógica del sistema en el que está enredado ese continente: primero les vendemos las armas, se endeudan por generaciones y luego financiamos proyectos humanitarios y de cooperación para corregir las consecuencias de tanta violencia. Incluso hacen conciertos y telemaratones con tan noble intención; después nos preocupamos por esas oledas de personas que se juegan la vida para escapar de esas condiciones de vida y terminan en los semáforos de ciudades como Huelva. A Dennis McNamara se le acabó la paciencia. África no puede hacer otra cosa.

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