«Agricultura»

Es una de esas palabras de fonética contundente y sinuosas. Si lo buscamos en el DRAE encontraremos dos entradas: “labranza o cultivo de la tierra” y “arte de cultivar la tierra”. En cualquier caso todos sabemos lo que es la agricultura, o sabíamos. Porque resulta difícil aplicar eso de “arte” a las prácticas actuales: frutas y verduras cultivadas y mandadas a cientos de miles de kilómetros; monocultivos que impiden el autoabastecimiento; productos que se venden por debajo de su precio de coste, gracias a unas políticas hiperproteccionistas; semillas estériles y transgénicas; subvenciones que dinamitan la lógica del campo; excedentes que se queman en grandes piras, como medida de control de precios; regadíos inmensos que sobreexplotan los recursos hídricos… Tal vez “agroindustria” sería una definición más exacta para lo que hoy podemos observar. Eso tiene algunas ventajas; podemos comernos un buen tomate en cualquier época del año, o probar frutas de países lejanos; o elegir entre una variedad casi infinita de verduras. Pero también tiene inconvenientes, y graves, tal como se veía arriba. Podemos concluir que la agricultura, aderezada con un toque de rentabilidad, bien untada de subvenciones y políticas agrarias, y metida en el horno del productivismo, nos da como resultado una estupenda “agroindustria”. Poco arte nos queda ya en esta actividad milenaria

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Gonzalo Revilla

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