Al Otro lado

Desde hace ya unos pocos años, muchos de los que formamos parte de Dos Orillas, venimos participando en un proyecto de apoyo a personas presas y en otras situaciones de exclusión social. La experiencia ha sido muy enriquecedora para todos. Esto es una reflexión en torno a nuestro papel dentro de ese proyectoEn nuestra acción social tenemos varios privilegios que no se dan con demasiada frecuencia en otros ámbitos. Me quiero referir a dos de ellos. El primero es la posibilidad de salir al encuentro -no limitarse a permanecer a la espera sino salir en su busqueda- de personas en situación de exclusión. Esto, que llamamos trabajo de calle, de campo, trabajo en el interior de la prisión, …, nos permite encontrarnos con las personas y conocer de primera mano las consecuencias de la marginación, de la pobreza, de la exclusión.

A un segundo privilegio es al que quiero dedicar estas letras, es a {{la posibilidad de acompañar a la persona}} en un proceso de dignificación de sus condiciones de vida, de recuperación personal y de camino hacia la autonomía.
Pero conviene evitar equívocos. El acompañamiento es {{lo contrario al avasallamiento}}. Este último genera esclavos (vasallos) y se da:

-Cuando nuestra actitud con aquellos que pretendemos ayudar es esa que se define con la frase: “no te preocupes, que {{ese problema te lo soluciono yo}}”.

-Cuando la {{urgencia}} de las situaciones con las que nos encontramos nos lleva a poner todas las soluciones en bandeja, en vez de poner en marcha los recursos que la propia persona tiene.

-Cuando la {{supuesta incapacidad}} de las personas presas, inmigrantes, sin techo, …, nos hace decidir por ellas el camino que han de elegir: “has de dejar la droga”, “haz este curso, que es lo que más te conviene”, “tienes que trabajar en la fresa”, “ese novio no te viene bien”, …
El avasallamiento subraya las diferencias, nuestra posición de poder y su situación de debilidad: “deja que hable yo (que tú no sabes)”, “espera que llame a un amigo médico que tengo (que tú no tienes ningún amigo en condiciones)”, “te voy a arreglar una pensión para que no te falte (que tu no sabes hacerlo porque eres analfabeto)”, “toma este chaquetón que a mi marido ya no le sirve (que tú no tienes familia y además estás tan tirado que no puedes negarte a aceptar los desechos de los demás)”.

El acompañamiento no tiene {{nada que ver}}, tampoco, con el control {pseudopolicial} o la {{vigilancia}} inquisitiva que, dolorosamente, se da por supuesta, cuando hablamos de acompañamiento o de seguimiento (1). El acompañante no es un detective que intenta sonsacar datos del pasado o del presente, que busca averiguar si la persona hace o deshace, aunque un buen acompañante terminará teniendo mayor grado de conocimiento de las cosas que realmente importan que un detective.

Tampoco es un {ojo de Gran Hermano} que sigue a la persona a todas partes para que no haga nada malo, que nos traslada todo lo que hace y que nos permite tomar decisiones sobre su futuro.

Frente al avasallamiento, el acompañamiento nos situa en {{posición de igualdad}}, nos situa al lado, diluye nuestro protagonismo y devuelve el control de su vida a gente que lo habían perdido por tantas situaciones: droga, cárcel, desestructuración, …

El acompañante no busca solucionarle los problemas a nadie, pretende {{estar con la persona}} en el -tantas veces muy duro- proceso por el que la esta va solucionando esos problemas, pero, de la misma manera, está al lado cuando -también en demasiadas ocasiones-, el proceso no es de liberación, de solución de problemas, sino de elaboración del duelo por pérdidas irreparables. No poniendo paños calientes: “hija, un cáncer no es tan grave” sino, sencillamente, estando al lado, intentando molestar lo menos posible.

El acompañante se ofrece como {{apoyo}} en los pasos que la persona va dando hacia la autonomía pero no anda los caminos por ella.

El acompañante no toma las decisiones por la persona a la que pretende ayudar, no debe inducirla por el proceso que considera legítimo y adecuado para que logre esos fines de reinserción, reintegración que, supuestamente buscamos. El acompañante ayuda a la persona a que busque lo que quiera y a que sea coherente con ello.

El acompañamiento, decíamos al principio, es un privilegio, porque es la posición desde la que podemos {{enriquecernos}} con el que tenemos al lado -compartiendo mesa y mantel, o un café o un rato de espera en la cola del INEM, la primera función de teatro o la primera visita a la biblioteca- descubriendo lo de bueno que hay en ella, riendote de mil anécdotas, encontrando a Juan, Luisa, Mohamed o Luis Alfredo y no al inmigrante argelino, a la prostituta, al yonqui o al mendigo. La otra posición, la del poder, deviene, en muchas ocasiones, en relaciones viciadas que, en el peor de los casos, son las que nos hacen percibir en el otro una amenaza o un incordio y de ahí a la solicitud de un guardia de seguridad en la puerta.

El acompañamiento, en muchas ocasiones, es la única manera de ponerte {{al otro lado}}, de sufrir las consecuencias del racismo hacia los gitanos cuando acuden a realizar cualquier gestión (2), de aguantar las miradas del médico cuando descubre que está atendiendo a un preso, de descubrir las dificultades para acceder a una vivienda que tiene un negro. De comprobar el rechazo que sufre cualquiera de las personas que vienen de la exclusión a la hora de encontrar trabajo.

Desde el otro lado se ven las cosas de una manera muy distinta. Sentado en la silla de al lado, en vez de la de enfrente de alguno de los “usuarios” -¡ay, el lenguaje que usamos!- de nuestros servicios te acercas más a entender lo que siente cuando les estamos atendiendo. Uno tiene más fácil darse cuenta del daño que pueden hacer ciertos gestos, ciertas expresiones, ciertos mohines involuntarios, mecánicos, en la mayoría de las ocasiones, que no hacen sino añadirse a la larga lista de rechazos que sufren presos, prostitutas o inmigrantes.

Cuando uno sale por la mañana y, despues de tirarse seis horas dando tumbos por distintas instituciones, ventanillas, despachos, salas de espera, haber escuchado siete veces la misma cansina cantinela, le emplazan a una próxima cita la semana siguiente, comprende tambien mejor que tanta gente no acuda a esa próxima cita y piensa: “yo por lo menos tengo coche o dinero para el autobús y no tengo que ir andando a todos estos sitios”.

En el otro lado hay más oportunidades para que hombres y mujeres que dan miedo a todo el mundo se te echen a llorar diciendo: “estoy sólo”, y tú puedas entender porqué han preferido gastarse todo su dinero en droga antes que ahorrar para pagar la fianza de una casa que, por su aspecto, nadie les quiere alquilar. En el otro lado queda {{espacio para comprender}} porqué esas “sencillas exigencias” que ponemos a la gente son tan difíciles de cumplir para alguien en quien los handicaps, las sutiles barreras que encuentra una persona en su camino hacia la autonomía, no son simples barreras sino muros infranqueables. Desde la cercanía que provoca el acompañamiento la negación a realizar un curso de jardinería se descubre como una timidez enfermiza y un miedo a que todo el mundo conozca tus dificultades para leer y escribir y no cómo la negación a salir de la situación en la que se está, el abandono de un trabajo como pánico a las alturas y no como pereza, el que ese que veías en locutorio no te salude se percibe sencillamente como una miopía que en quince años nadie ha percibido porque en prisión la vista nunca tiene la oportunidad de llegar muy lejos y no como una recaída, el seguir con “la boca por arreglar” se percibe como fobia a los dentistas y no como una “desobediencia” a las pautas que le hemos marcado.

Con todo esto, si, decíamos al principio, el trabajo de campo nos permite detectar situaciones de exclusión, el acompañamiento nos permite conocer los mecanismos que las generan y las sostienen.

Pero, por otra parte, desde el acompañamiento, situados en el otro lado es, también desde donde tenemos la oportunidad de conocer los {{mecanismos que generan integración}}. Desde el otro lado es desde donde podemos sorprendernos al descubrir las potencialidades de la persona (3), sus gustos y aficiones, todo lo que lleva en la mochila y que le va a permitir desenvolverse con plena libertad en la selva, perdón, en la sociedad. Y, por supuesto, se pueden atisbar las necesarias oportunidades que una sociedad, -a Dios gracias- muchas ocasiones tambien solidaria, da a la incorporación de quien está fuera.

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(2) A un amigo por poco le dan una paliza en una comisaría al confundirlo con el hijo de una gitana a la que acompañaba a poner una denuncia porque le habían quemado su chabola.

(3): Recientemente proponíamos para una persona con deficiencia auditiva un “asilo” y una “paguita”. A primera vista daba la sensación de deshauciado, sin embargo, un poco de trato con él permitía descubrir que tenía sólo cuarenta y cinco años, que sabía fontanería, electricidad, …, y tenía un currículum de cerca de veinte años trabajados -trece cotizados- y una disposición para trabajar verdaderamente buena. Sinceramente, pocas veces te encuentras en el mundo que trabajamos con personas con tantas posibilidades de encontrar un hueco en el mundo laboral.

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Javier Rodríguez

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