Alimentos kilométricos

La ONG “Amigos de la Tierra” nos propone un menú al que seguro que no podremos resistirnos: “Pisto de calabacines a la soberanía alimentaria aderezado con sueldos dignos y un ambiente sano” o si preferimos un “arroz caldoso con briznas de biodiversidad acompañado de un mundo rural vivo en el pueblo de tus abuelos”. Evidentemente unas opciones mucho más apetecibles que esa “paella de contaminación de ríos con puré de antibióticos” o esos “callos de la abuela con deforestación y reducción de indígena desplazado” en los que se convierte nuestra dieta con demasiada frecuencia, según denuncia esta organización.

No lo tenemos fácil. Cada vez resulta más complicado controlar lo que comemos, saber de dónde viene, saber qué lleva, qué no lleva, saber en qué condiciones se ha elaborado, saber qué consecuencias ha tenido su procesamiento para el entorno ambiental y social. Un ejemplo lo tenemos en las legumbres: el 80% de los garbanzos que comemos aquí provienen de México. La alternativa está clara; lo lógico, lo único que puede evitar que el tomate que nos comemos recorra miles de kilómetros entre la mata y nuestro plato y que lancen a la atmósferas toneladas -sí, toneladas- de CO2 es que consumamos productos de cercanía, productos locales, de temporada -¿tomates todo el año? ¡Qué raro! ¿No?-.

Aunque parezca un contrasentido estaremos, además de promoviendo el empleo y la economía local, que falta está haciendo, colaborando con las personas de los países del Sur desde los que ahora están llegando esos productos: es la forma más eficaz de luchar contra la deforestación y el acaparamiento de tierras, contra el esquilmamiento de los recursos de países como Paraguay que ve cómo se destinan el 70% de sus tierra para cultivar soja para el ganado europeo mientras 2 millones de paraguayos y paraguayas sufren malnutrición. Cuando un país del sur exporta sus alimentos los beneficios se quedan en unas pocas manos, en las de aquellos que controlan las grandes empresas agrícolas y del sector de la alimentación.

Consumir productos locales nos permite tener mayor conciencia de lo que comemos y “Amigos de la Tierra” nos anima a que lo hagamos, que participemos y organicemos grupos de consumo, que compremos en las pequeñas tiendas de barrio o en el mercado. Nuestro estómago nos lo agradecerá, también nuestro paladar, al menos los que lo tenemos tan fácil como los que vivimos en esta provincia.

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Javier Rodríguez

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