Amigo invisible

Con la llegada de la Navidad empieza la maratoniana búsqueda de regalos,
caprichos y detalles para personas que significan algo para nosotros;
amigos, compañeros o familiares. Intentamos ser originales, sorprendentes,
pensar en la otra persona para no estandarizar gustos o dejarnos llevar
por reclamos. También por estas fechas se llena nuestra provincia y ciudad
de eventos relacionados con la solidaridad en sus más variadas formas:
conciertos, belenes, rifas, mercadillos o recogida de alimentos. Ambas
realidades conviven en el bienintencionado mes de Diciembre, las del dar y
el recibir.

La diferencia entre una situación y otra es que, si al amigo querido le
buscamos lo que más le guste, a las iniciativas sociales acudimos en
ocasiones sin saber muy cuál es el fin que buscan, quién está detrás de
ellas o para qué se empleará el dinero recaudado. Participamos sin más,
comprando papeletas, o dando kilos de comida a las puertas de un
supermercado. Pero ¿por qué no nos paramos un momento a reflexionar cuál
es el papel que podemos tener como agentes de compromiso activo a favor de
los más desfavorecidos? Y la siguiente reflexión igual de importante ¿Por
qué no le ponemos rostro humano, concreto, con nombre y apellidos?

Si fuéramos capaces de pensarlo un momento, no desistiríamos en participar
de esa acción social, a lo mejor lo que cambiaba sería nuestra forma de
entender el drama de la pobreza, de la droga, de la inmigración
clandestina, o del paro. Y, lo que es igual de importante, nuestra acción
sería mucho más fructífera, porque estaría unida por un halo de humanidad.
Así, si queremos ayudar al pueblo saharaui, por ejemplo, en vez de dar un
kilo de arroz (cuyo coste de transporte es enorme), exigimos a los
políticos de los Estados e instituciones internacionales, que defiendan
una posición de justicia y autodeterminación para con el Sáhara. ¿No es
eso mucho más necesario después de tanto tiempo?

Al entender los problemas de los demás un poco nuestros, dejaremos de dar
a granel y empezaremos a implicarnos más en sus causas. Así, al final,
aunque no lleguemos nunca a conocer a las personas que se beneficiaron de
nuestro pequeño o gran compromiso, las haremos nuestros “amigos
invisibles”. A lo mejor nos los cruzamos por la calle, con su ropa de
trabajo o sus hijos, sin saber que antes de ayer estaban tirados en la
calle, y hoy pueden ser los beneficiarios de una nueva oportunidad en sus
vidas.

Por favor, si esta Navidad vamos a regalar solidaridad, vamos a hacerla
nuestra, compartida, reflexiva y sensible, vamos a explicárselo a los
niños. Demos el paso de que nos implique como persona. Es la mejor manera
de que llegue de verdad a su destino, más allá de cantidades recaudadas o
de miles de kilos distribuidos.

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Victor Rodríguez

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