Ana María

Es el primer verano, desde hace tantos, que pasa sola. Su marido, tantos años compañero, se fue. Le dijeron que tenía que hacer el duelo, reconocer la pérdida, asumir su nueva vida. En realidad ya estaba preparada hace tiempo para quedarse sola, para dejar partir a su marido. Pero no es una perdida: es más como una amputación, algo que se arranca del fondo del alma, una especie de vacío incómodo. Se puede seguir viviendo, claro. Pero ella jamás volverá a ser la misma, ni mejor ni peor, ni más contenta ni menos. Sólo que no volverá a ser la misma. Es verano, y la gente anda contenta de un lado a otro. Ella mira a los niños y a sus padres desde su balcón, y ve en ellos a los nietos que nunca tuvo de los hijos que nunca tuvo. Es verano, y la gente ríe y se divierte. Ella sólo sonríe, no le da para más. Se siente afortunada: la enfermedad de su marido le ha enseñado mucho. Las enfermedades que ha visto en sus largas estancias en el hospital también le enseñaron. Ha aprendido, sobre todo, a ser feliz desde la fragilidad, a ser feliz incluso en la fragilidad. Hay que llorar lo justo y reír con exceso, sin pudor. Por mal que vengan las cosas, por cuesta arriba que se ponga a veces la vida. Si uno se para a lamentarse demasiado la vida se acaba. Por eso Ana María es feliz, sin estrépitos, pero feliz. Viuda, pero feliz. Acorralada a veces por la soledad, pero feliz y testaruda. Se coloca su bañador de flores, coloca una botella fresca en la bolsa y sale en dirección a la playa. No tiene un brazo del que agarrarse, pero la vida sigue estando ahí, esperándola.

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Gonzalo Revilla

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