Ante la Navidad

Había pensado intentar pasar por alto que nos acercamos a la celebración
de la Navidad, y escribir, por ejemplo, de la campaña que Greenpeace está
realizando para que las grandes firmas de moda eliminen de sus tejidos
agentes químicos dañinos para las personas y para el medio ambiente. Pero,
por otro lado, me da pena dejar pasar la oportunidad de reivindicar lo que
de verdad nos humaniza, rodeados como estamos de ruido permanente que
embota nuestro entendimiento y no nos deja ese tiempo de reflexión que tan peligroso es, según algunos agentes del poder.

Y no quiero hablar de la retórica del gasto excesivo, ni de las
dificultades que muchas familias pasan por culpa del paro y de los
desahucios, ni siquiera de la necesidad de tener que adaptar el cuerpo y
la mente a unas fiestas que obligan a vivirse de una manera
(¿supuestamente de alegría?) aunque tu cabeza y tu corazón estén en otro
momento. Me da la sensación de que todo eso también es superficial, que
ahora mismo quieren que gastemos pero que no celebremos, que la cadena
productiva no pare, que no nos demos esa oportunidad.

Así que realmente lo que de verdad me interesa de cara a hablar de la
Navidad de forma concreta, sí la de este año, es que es una oportunidad
maravillosa para desprendernos de esos posicionamientos del pro y de la
contra y ahondar en las raíces de nuestro propio ser, que es la del ser
humano. Como decía el antropólogo H. Levi-Strauss, el ser humano es bueno por naturaleza, y yo quiero creer así, porque aunque en tiempos de
dificultad puede aparecer una versión egoísta y autoprotectora de nosotros
mismos, yo sí siento que, la mayoría de las personas, están preocupadas
por el devenir de sus semejantes, que somos conscientes de que no podemos estar bien si a mi lado hay gente agobiada, sin futuro y que el espíritu cooperativo y colaborativo es el que ha hecho avanzar a la humanidad, desde que salió de las cavernas.

Otra cosa es la manera de canalizarlo, porque si no ahondamos en las cusas
estructurales de la pobreza y la desigualdad progresaremos muy poco en su
solución. Como decía Helder Camera, obispo brasileño; si doy de comer a un
pobre me llaman bondadoso, pero si pregunto porqué es pobre, entonces me
llaman comunista.

Por tanto, en este período navideño donde se multiplican las opciones de
solidaridad, el mayor gesto de amor al otro que podemos hacer es, por un
lado, sentirlo cerca, de verdad, y, por otro, reflexionar y trabajar por
denunciar y superar, las estructuras que apuntalan la injusticia. Desde
esta perspectiva, a lo mejor es más justo acudir a una manifestación para
cambiar el sistema, y denunciar sus recortes y abusos, que dar un kilo de
alimento no perecedero, aunque ambas cosas también pueden, y deben, ir de
la mano.

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Victor Rodríguez

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