Apaga (la luz) y vámonos

Entre las primeras decisiones del recién estrenado Gobierno estará sin duda ventilar cuándo y cuánto nos van a subir la luz. No es que les haga falta una razón especial para este incremento, de hecho pagamos ahora un 70% más que hace seis años. Pero esta vez nos dirán que ellos no tienen culpa, que las compañías eléctricas se han salido con la suya: han logrado que el Estado tenga que reembolsarles el importe del bono social, abriendo la puerta a que ese coste lo paguemos a escote entre todos los consumidores.

Una se pregunta si no es suficiente con los 3127 millones de euros que las tres grandes eléctricas han declarado ganar en el primer semestre del año (esto, solo por contar con  un dato cercano, pues la cifra aumenta si ampliamos la referencia temporal). Cabría pensar que, con esos números, las compañías decidieran contribuir al mejoramiento social –una especie de responsabilidad social corporativa, pero real, no de escaparate- y devolvieran gustosamente una ínfima parte de tantos beneficios y ganancias acumuladas, en forma de pequeños descuentos tarifarios a los clientes más vulnerables. Ese mecanismo de compensación significa muy poco para ellas (unos 190 millones al año) y alivia la economía doméstica de muchas personas.

Pero es impensable, no ya que estos gigantes empresariales pierdan dinero, sino que dejen de ganarlo. Desprecian o tumban a cualquiera que reduzca sus dividendos o se atreva a hacerles sombra. Así se explica también la estrategia de acoso y derribo contra las cooperativas que comercializan energía renovable, pequeñas empresas de funcionamiento horizontal y claros criterios ecológicos que son como hormigas moviéndose entre los elefantes del mercado. Esta misma semana una de esas hormiguitas, con domicilio social en Málaga, ha visto suspendidas cautelarmente sus actividades con la excusa de un desajuste formal. Las enormes pezuñas del oligopolio eléctrico han terminado aplastándola.

La desproporción es tan brutal que causa perplejidad e indignación. Las eléctricas son ahora mismo en España el emblema del capitalismo más truculento, de la lógica del beneficio como verdad absoluta, y también más fraudulento, porque al final el libre mercado no es tan libre. Por mi parte he decidido aprovechar las grietas que dejan y voy a pasarme a una de esas cooperativas: pagaré lo mismo pero apostaré por otra forma de consumo. Si somos muchas hormigas puede que empecemos a molestar. Apaguemos la luz del “no hay remedio”, y vámonos.

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Mª Angeles Pastor Alonso

Columnista de "La otra orilla", colaboradora en "Señales de Humo" y pieza en construcción de varios puzzles. Para completar da clases de Lengua.

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