Autostop

Trató de ser amable, pero ella permaneció inaccesible casi todo el trayecto. “Zulema”, le susurró cuando le preguntó su nombre. La había recogido en un carril, estaba haciendo autostop, y le llamó la atención su chilaba y su velo en medio de aquel paraje desierto. Iba al pueblo a llamar por teléfono a su familia de Tánger, trabajaba en la fresa, no le gustaba hacer autostop pero no tenía más remedio: le dijo todo eso en un castellano escabroso y recién aprendido. Luego se mantuvo en un silencio algo tenso hasta que la bajó en el pueblo. Se despidió con una sonrisa amplia y un gracias repetido varias veces. Estaba anocheciendo. Se preguntó cómo volvería aquella mujer menuda a la finca, en medio de ninguna parte, a más de veinte kilómetros. El mundo, pensó, estaba lleno de gente heroica, como aquella Zulema. Y sus heroicidades cotidianas ponían en cuestión el estado de bienestar derrochón, quejica y egoista de muchos como él. Mirar el mundo a través de sus contrastes resulta, en ocasiones, demasiado doloroso.

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Gonzalo Revilla

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