Bombas y ladrillos

En Gaza se tiran bombas. Hacia un lado y hacia otro, de manera brutalmente desproporcionada, con cadáveres en igual desproporción. La comunidad internacional (sin mayúsculas, no las merece) mira, impasible, tímida, cómplice. Los ciudadanos del mundo asisten a este espectáculo vergonzoso, como una especie de macabro ritual que se repite, una y otra vez, una y otra vez. Pronto cesarán las bombas, porque todo tiene un límite, e incluso Israel, tan blindado diplomática y comercialmente por sus poderosos socios, debe hacer gestos de vez en cuando. Así que cesarán las bombas.
Y comenzarán a funcionar las excavadoras. Porque esa es otra guerra, la del ladrillo, la de los asentamientos que lenta e inexorablemente arrinconan y expulsan a los Palestinos de sus tierras, destrozan sus cultivos. Israel pretende apropiarse ahora de 400 nuevas hectáreas, para construir una nueva ciudad llamada Gava’ot, mil viviendas nuevas, que amplían el bloque de asentamientos conocido como Gush Etzion, al sur de Jerusalén. Estos asentamientos se blindan luego convenientemente, en una afrenta a los Palestinos condenada por la ONU sin que Israel se despeine siquiera. En esta ocasión incluso EEUU ha tenido que pedir que retiren el proyecto, porque dinamita las delicadas negociaciones de paz.
Un desastre, como ven, porque la sensación que queda después de echar una ojeada al conflicto de Palestina es que queda mucho para una solución definitiva. A no ser que Israel cumpla su objetivo de aniquilar o expulsar completamente al pueblo palestino. Un desastre, insisto. ¿Cuál es nuestro papel en este violento escenario? ¿Simples espectadores? Evidentemente no: nos afecta, mucho más de lo que pensamos, porque si algún día calculan mal estos equilibrios a los que juegan se puede ir de las manos, y meternos en una espiral de violencia de las cuentan las víctimas por millones.

Pero hay una razón más humana para sentirnos afectados. Y es la negativa profunda a admitir que seres humanos se estén destrozando unos a otros espoleados por Estados muy poco interesados en la convivencia, en el sentido común, en la aspiración que todos y todas albergamos de vivir tranquilos sin que una bomba entre por la ventana de casa, o una excavadora levante los olivos que nos dan de comer. Así que hay que encontrar la manera de que todas las voces de todas las personas de bien de este mundo se escuchen de una vez, y los que dicen representarnos detengan con la política y la presión comercial esta barbarie tantas veces repetida. Basta ya.

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Gonzalo Revilla

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