Borrando huellas

Es triste mirar a España y reconocer que la vida humana prácticamente ha desaparecido de los pocos bosques que nos quedan, hemos dejado de vivir en ellos. Es más, hemos tenido que protegerlos de nosotros mismos. Ya no nos queda ningún bosque primario, unas hectáreas aisladas en Cantabria y Asturias, y la superficie arbolada de la península apenas llega al 26 %. Sólo nos referimos a la huella del hombre y la mujer en los bosques en tono peyorativo, hablamos de huella ecológica y de carbono, para nada de la huella histórica de la convivencia del ser humano entre árboles. Entiendo que estamos obligados con nuestros hijos, con nuestro futuro, a empezar a dejar huellas honrosas, a convivir con nuestros árboles. Sin árboles no habrá vida.

El estilo de vida de la UE sobrepasa claramente la capacidad de su territorio para proveernos de recursos: nuestra huella ecológica por habitante sobrepasa las 4’7 hectáreas, mientras que nuestros sistemas naturales solo pueden absorber 2’2. Somos por lo tanto directamente responsables de la destrucción del patrimonio natural de los otros, de los países del sur, y en gran medida por el abuso de los materiales procedentes de la deforestación de los grandes bosques tropicales. Desde esta afirmación, contrastada y aceptada sin paliativos, también podemos deducir que somos corresponsables del cambio climático que está maltratando a cientos de millones de personas. Quizás nuestra “culpa” haya sido dejarnos maniatar por grandes intereses económicos para consumir irresponsablemente, y aunque esos grandes emporios son los artífices de la gran destrucción, en algún momento dejamos de mirar hacia nuestros bosques. Es tiempo de despertar.

Para ir borrando huellas podemos empezar por hacer la siguiente resta: a nuestro planeta le quedan unos 900 millones de hectáreas de bosques tropicales y ecuatoriales, el equivalente al tamaño de Estados Unidos, y si seguimos demandando al mismo ritmo materias primas arbóreas, según WWF, habremos perdido para 2050 una superficie mayor que todo México. Desde esa urgencia deberíamos convertirnos en consumidores conscientes y comprometidos, no es difícil: no reemplazar aquello que aún sirve, o que tiene arreglo, y priorizar el producto de madera reciclada antes que el nuevo; buscar el sello desarrollado por ONGs FSC® a la hora de comprar muebles o suelos de madera nuevos, para garantizar la calidad medioambiental del proceso; ayudar a reforestar y a denunciar esas 2 hectáreas de bosque que hemos gastado. Y sobre todo, antes que nada, volver a amar a los árboles, volver a convivir con ellos sin destrozarlos.

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Andrés García

voluntario de 2Orillas, participa de la columna de prensa "La otra orilla" y del programa de radio "Señales de Humo"

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