Bromas aparte

No acabo de distinguir claramente donde está la línea que separa la broma del mal gusto y, por lo visto, algunos programas de televisión tampoco. El otro día vi cómo con cámara oculta se le pedía a una persona que maquillara a un muerto en su ataúd. Ni que decir tiene que el presunto fallecido no tardaba en levantarse al primer roce de la incauta víctima que corría despavorida intentando abrir la puerta de la sala presa del pánico. Para colmo se nos edulcora la situación con risas enlatadas y la cara de pitorreo del cerebro de la broma que es también el responsable del programa.

A mí la verdad es que me cuesta trabajo verle la gracia a situaciones casi siempre desagradables o, cuando menos, de muy mal gusto que, dado el caso, se pueden escapar de las manos y llegar a contextos en los que una broma desenmascara un problema real. Y es que para bromas ya tenemos las propias circunstancias de la vida que, como dice el tópico, superan a la ficción. Y no es admisible que bajo la apariencia de pasar un buen rato se llegue a ridiculizar a personas indefensas e incautas, sobre todo si lo que hay detrás es un medio de comunicación. Una sociedad de bromistas es una sociedad de desconfiados.

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Victor Rodríguez

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