Callejones

Lo peor no eran los golpes. Ni mucho menos. Lo peor era el desprecio profundo y doloroso que sentía por ella misma. Ahora le pegaba su chulo, ayer fue su padre. Claro que sabía que todos esos golpes estaban relacionados: se lo había dicho aquella psicóloga tan maja de la ONG. Dijo con palabras muy bonitas y ordenadas lo que ella ya sabía: que su vida había sido una mierda, que la suerte jamás estuvo de su parte, y que su pasado había terminado condicionando su presente. Ser prostituta no ayuda mucho a la autoestima, también lo sabía, pero es que a veces la vida no son opciones, sino un maldito callejón sin salida y sin retorno. La gente con opciones no entiende de callejones sin salida, y se pone moralizante y pesada: odia ese tonito condescendiente y compasivo con que se habla de ellas, odia a esos tipos que dicen que es un trabajo como otro cualquiera, que tienen una función social y todo ese rollo barato. Porque esos mismos tipos pondrían el grito en el cielo si su madre o sus hijas tuvieran que prostituirse. Así que los golpes eran lo menos malo de su vida de mierda: lo que de verdad le duele es no poder mirarse al espejo, la dignidad que se dejó por el camino, y la terrible certeza de que la misma sociedad que le paga por sus servicios en absoluto la considera persona. Así están las cosas para ella. Luego están los debates de la tele, y las discusiones más o menos acertadas sobre lo que es y lo que no es. Pero eso no es su vida.

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Gonzalo Revilla

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