Camareros en huelga

Una cervecita, por favor. Enseguida, ¿algo de tapa? Pon una de tortilla. Y el camarero de marcha diligente, mientras el cliente ojea la prensa, bastante manoseada a esas hora de la mañana. Le llama la atención la huelga de hostelería: las pretensiones le parecen bastante equilibradas. Sabe que es un colectivo de trabajadores que trabaja muchas horas, cobra poco y es sumamente inestable. Sabe también que, en cualquier caso, rebañarán menos de lo justo de la parte del león. Y que la crisis que sobrevuela es un argumento para obligar a negociar a la baja. Todo muy jodido. El camarero vuelve con la tapa y la cerveza. Lo observa alejarse: le imagina con apreturas, como tantos, haciendo malabares con hipotecas y facturas, temiendo siempre el despido. Vuelve a la prensa: junto a la noticia de la huelga, a toda página y a color, un anuncio de un hotel, a pie de playa, un rincón para disfrutar, para relajarse, para olvidar que miles de trabajadores están flirteando con la precariedad cada día, negociando siempre a la baja para que el mismo puñado de señores de siempre sigan recogiendo beneficios. Siempre.

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Gonzalo Revilla

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