Carne de obra

Los contingentes de temporeros recolectores de la fresa han ido cambiando según la propia evolución social. Primero eran jornaleros del P.E.R. de los pueblos andaluces, de ahí se pasó a una incipiente población marroquí, para llegar en los últimos años al “ordenado” proceso de contratación en origen, sobre todo de países del Este y, sobre todo de mujeres. Dicen los empresarios que las mujeres son trabajadores, no beben y además son más dóciles, y ya de paso, son guapas, rubias, jóvenes y educadas, aunque no sé muy bien para qué es necesario ese caché para agachar el lomo.

Todos estos adjetivos y un estado de necesidad económica lógico han hecho que hayan sido vistas desde el principio más que como mano de obra como “carne de obra”. Lo principal es que recojan la cosecha y de paso si alguna se pone a tiro… que se deje, que seguro que le gusta. Esto, que parece crudo, es una idea real presente en el subconsciente masculino provincial. Si alguien las ve llegar en los autocares a las plazas de los pueblos de trabajo escuchará comentarios parecidos a los del tratante de ganado. Se las trata como eso, como a un colectivo fácil. El siguiente paso es el desprecio o el abuso directamente, que se dan en casos más habituales de lo que parece. Doble delito comete quien denigra al otro aprovechándose de su penuria y su indefensión.

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Victor Rodríguez

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