Carta a los amigos de San Carlos Borromeo

Queridos amigos de San Carlos Borromeo:

He leído la homilia de ayer, día del Corpua Christi, del arsobispo de Madrid,
Antonio Rouco, en la que se lamenta “con profundo dolor de los abusos y
profanaciones de este sacramento de los que hemos sido testigos en nuestra
diócesis y que apartan a sus autores de la comunión en la fe y en la vida
eclesial”. Por las informaciones que he tenido de cómo se celbra la
Eucaristía en la parroquia de San Carlos Borromeo en Madrid, nadie se ha
quejado de que en esa celebración se hagan cosas contrarias a la fe de la Iglesia. Lo que se hacen son cosas que no se ajustan a la liturgia oficial de la Iglesia.

Ahora
bien, el cardenal de Madrid se lamenta de “abusos y profanaciones”
por causa de lo que se hace en la parroquia, que, a juicio del cardenal,
“apartan a sus autores de la comunión en la fe y en la vida
eclesial”. Es decir, para el cardenal de Madrid, lo que aparta de la
comunión en la fe es, no el error en una cuestión dogmática, sino el
incumplimejto de normas litúrgicas. Dicho de otra manera, el cardenal de Madrid
pone la comunión en la fe en una cosa que no es un asunto de fe, sino que es la
obsercancia de normas litúrgicas o de costumbres y tradiciones, que, como es
bien, sabido han cambiado a lo largo de los siglos y han sido muy distintas en
las diferentes tradiciones.

Para el
arzobispo de Madrid, la comunión en la fe se indentifica con la uniformidad
litúrgica, es decir, la uniformidad ritual o la obediencia ceremonial. Si,
efectivamente, en la parroquia de san Carlos Borromeo no sa ha negado la fe de
la Iglesia en lo que es lo dogmático de este sacramento, resulta extraño que un
cardenal de la Iglesia no sepa con precisión una cosa que es tan elemental en
la teología cristiana.

El
problema de fondo, me parece a mi, está en que muchos de los altos cargos
eclesiásticos tienen la marcada inclinación a confuncdir el boato y la pompa en
que ellos se mueven con lo que es la tradición de la Iglesia. Y jamás deberíamos olvidar que la tradición de la Iglesia sobre la Eucaristía empezó
con una cena sencilla de un grupo de personas que se despedían definitivamente
de Jesús. Una cena de la que nadie fue excluido, ni siquiera Judas.

Una cena
que era la culminación de las numerosas comidas de Jesús con publicanos y
pecadores. Comidas de las que tampoco Jesús excluyó jamás a nadie. Al cardenal
de Madrid le vendría bien recordar que la Eucaristía se celebró, al menos hasta
el siglo III, durante una cena, que no era precisamente un “acto
litúrgico”, tal como eso se entiende ahora, sino que era eso, una cena en
la que los comensales lo ponían todo en común, como explica, por ejemplo
Tetrtuliano en el Apologeticum.

Sólo
muchos años más tarde, cuando la Igleia se mundanizó, se acomdó a las
conveniencias e intereses del Imperio, entonces fue cuando en la Iglesia se
introdujeron una serie de costumbres, usos y expresiones de pompa y boato, que
nada tienen que ver con la tradición original de la Eucaristía y sí tienen que
ver (y mucho) con las ambiciones de poder y mando que marcaron al Imperio y a
sus magnates.

Ponerse
mitras, casullas de oro y brocados, llevar báculos y aparecer como aparecen los
grandes de este mundo, todo eso es lo que verdaderamente aparta de la
auténticva tradición de la Iglesia, de la original y fundante tradición que san
Pablo recibió del Señor. De donde resulta que, cuando el cardenal de Madrid
dijo el día del Ciorpus lo que dijo, y cuando dijo todo eso revestido de pompa
y boato, en realidad quien estaba más lejos de la original tradición de la
Iglesia era él y no aquellos a los que él acusaba, los curas de San Carlos
Borromeo, que serán hombres con sus defectos, nadie lo duda, pero por lo menos
no hacen de la Eucaristía un motivo de exhibición del propia cargo y de la
propia categoría, sino que congregan a gentes sencillas u de buena voluntad o
simplemente a personas que encuentran allí la acogida que ciertamente no
encuentra en la Almudena.

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