Cielo sin aves, campo sin animales

Para los que superamos las tres décadas y ya disponemos de memoria histórica, nos resulta extraño tomar contacto con la naturaleza sin visualizar algún animal salvaje. Pese a los muchos avisos medioambientales que nos llegan por los medios, resulta aún más fácil percatarnos de la casi ausencia de seres vivos en el campo. Cualquier paseo vespertino por cualquier sendero puede demostrarlo. Lejos quedan aquellos tiempos en que, de niño, andábamos por el campo y éramos sorprendidos por algún conejo que sale de la maleza, una collera de perdices en cualquier ladera, algún zorro merodeando los alrededores del gallinero… Hoy esto se antoja difícil; además del renombrado cambio climático, me niego a pensar que nada tienen que ver ese grupo de personas que disfrutan semana tras semana de su tiempo libre limpiando literalmente el campo de animales y el cielo de aves. Es menester no tener que ir con nuestros hijos al zoológico para poder ver liebres, tórtolas o los zorzales. O mucho peor, a un vertedero para ver carroñeros…

Está claro que también se trata de otro negocio bien lucrativo, además de una afición engendrada por una parte en el seno de nuestra cultura y anclada en las raíces de la humanidad. Pero esta ausencia de fauna asegura la necesidad de un cambio en las leyes que asegure, al menos, la presencia de fauna en la naturaleza; donde las temporadas se reduzcan y donde, de verdad, se persiga el furtivismo y el matar por matar, aspecto desgraciadamente muy común en estos ambientes, donde es preferible cazar “algo” que volver a casa sin dar un tiro.

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Dos Orillas

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