Civismo

Ha llegado el verano. Apetece salir por la tarde a tomar el fresco, pasear por la ciudad, sentarse en la terraza de algún bar, salir con los niños a cualquiera de los parques -pocos eso sí- de nuestra ciudad. Y debe ir uno con la cabeza hacia abajo, no porque la autoestima la tenga por los suelos, sino porque puede pisar algún que otro excremento de perros. La ciudad entera está poseída por las cacas de estos animales tan singulares para los que la calle es un inmenso water público en el que hacer deposiciones, pipís o lo que sea. Y la culpa no es de ellos, sino de sus incívicos dueños, que no recogen la mierda que sus perros sueltan. Eso por no contar cómo está la arena en la que los niños juegan en los parques, llena de las susodichas “caquitas”, o por no hablar de cuando esos maravillosos animalitos andan sueltos y te acorralan frente a una pared enseñándote los dientes y ladrando con furia, mientras la señora o el señor de turno te dice: “tranquilo, si no hace nada”. Y tú estás acongojadito sin atreverte a decirle a la señora o el señor que sí hace, que ladra, que enseña los dientes y que podía ir con una correa sin amenazar a los transeúntes.

Otras veces veces no son los perros sino las “toneladas y toneladas” de bolsas de plástico, de papeles, de latas de refresco, de paquetes de tabaco vacíos, de mecheros estropeados, yo que sé, de basura que circula por nuestras aceras, mientras las papeleras están vacías, o lo que es peor calcinadas porque alguien ha decidido celebrar su propia noche de San Juan. En otras ocasiones sientes que la suela de tus zapatos se pega al suelo porque has cometido la torpeza de pisar un chicle que un “terrorista” ha arrojado al suelo para que tus zapatos lo recojan amorosamente. Este desprecio de lo público, de la vida en sociedad, este egoísmo, esta falta de civismo revela una sociedad enferma, incapaz de convivir, incapaz de progresar. Un poco de educación, de respeto, de pensar en el otro nos haría mejores ciudadanos, mejores vecinos, mejores personas.

Bastaría con recoger los excrementos en bolsitas preparadas para el caso, pasear al perro con la correa, echar los chicles, las bolsas, los papeles, las latas, los mecheros y la basura en las papeleras y contenedores, respetar el mobiliario urbano. No cuesta trabajo ni esfuerzo y la ciudad en la que vivimos sería más habitable, más humana, más limpia y más feliz.

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Dimas Haba

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