Colonizados

El túnel ferroviario de San Gotardo, recién inaugurado, es el más largo y profundo del planeta. Ha tardado en construirse 16 años y costado casi 11.000 millones de euros. En la otra punta del mundo, la ampliación del Canal de Panamá espera su inauguración dentro de poco, tras varios retrasos. Aquí las cifras también son increíbles: 7 años de obras, unos 5.000 millones de coste y cantidades de hormigón y acero que achican cualquier comparación. Son éxitos extraordinarios de la ingeniería, desafíos sin precedentes, y confieso que ante ellas me sobrecoge tanto el asombro como el vértigo. Porque da la impresión de que estos gigantescos proyectos nunca serán los últimos, que siempre querremos ir más rápido, más lejos, más alto o más hondo…, y que ante este deseo inevitable de la especie humana hay quien gana, pero también hay muchos que pierden. Y quizás entre los perdedores estemos también nosotros.

He buscado las “otras cifras”, las que se refieren a la conmoción ecológica, cultural, económica e incluso política que estos megaproyectos han causado: desplazamientos forzosos de personas, tala de árboles, muerte de animales, destrucción de equilibrio ambiental… Cuesta encontrarlas, es cierto, porque solo las denuncian organizaciones ecologistas o colectivos comprometidos con los derechos humanos. Para nuestra mentalidad occidental, oponerse a estas obras extraordinarias significa retroceder, significa ir en contra del desarrollo y del progreso. Que estos proyectos han generado y generarán riqueza es indudable. Que esa riqueza se vaya a repartir es impensable. Que sean obras sostenibles… ya saben la respuesta. Lo mismo ocurre si ponemos ejemplos nacionales o locales: líneas de alta velocidad, autopistas (entre ellas, la Huelva-Cádiz), túneles como el de Pajares o trasvases como el del Ebro.

Hace ya tiempo que voces solventes, economistas europeos de mucho prestigio, vienen avisando sobre esta colonización del imaginario colectivo. Porque poner en el centro de la vida humana una alocada carrera de producción y consumo no significa mayor desarrollo. Crece también el número de personas que trata de vivir en consecuencia con estas pautas decrecentistas, más equilibradas social y ambientalmente. La pregunta que habría que hacerse es si creemos que el bienestar personal y social tiene que ver con el PIB, con las esclusas del Canal o con los trenes de San Gotardo. Prueben a contestarse, prueben a descolonizar su mente.

 

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Mª Angeles Pastor Alonso

Columnista de "La otra orilla", colaboradora en "Señales de Humo" y pieza en construcción de varios puzzles. Para completar da clases de Lengua.

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