Comer comida

La salchicha reposa aburrida y algo arrugada en el fondo del plato. La miro con cierto recelo, pero al fin la pincho y, en un acto de valentía o de inconsciencia, me la como. Acabo de leer una noticia sobre un informe de WWF, en el que aseguran haber encontrado sustancias químicas de uso industrial en algunos alimentos europeros como el queso, el pescado o el aceite. Pesticidas, bifénilos ploriclorados y retardantes de llama, dicen. Ni quiero saber que será eso. Bastante nombres impronunciables tienen ya las etiquetas. Creo que somos más o menos conscientes de que a veces la diferencia entre basura y comida es muy fina. Estamos en productivismo feroz, y eso tiene un precio. La obsesión por comer sano no está en consonancia con la bondad de nuestros alimentos, que cada vez son más artificiales, más plásticos, más estériles, más insulsos, más químicos. Nos engañan cuando quieren hacernos creer que un botecito de colorines puede sustituir a vegetales frescos, o que un lácteo minúsculo cargado de nosequéinmunitas tomado en la escalera mecánica es mejor que un desayuno sosegado con pan y zumo. Creo, quiero creer, que somos más o menos conscientes de que nos venden más mentiras que salud. Pero aún así aumentan las ventas de gazpacho empaquetado, comida de microondas y bebidas isotónicas. Comida rápida para una generación con prisas. Incluso aunque algunos productos químicos inconvenientes se nos cuelen en los alimentos. A fin de cuentas, mientras no sepamos a qué sabe el bifénilo ploriclorado no hay por qué alarmarse. Come y calla.

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Gonzalo Revilla

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