Como cada jueves

Acudieron a su cita como cada jueves, se sentaron en la misma mesa, pidieron un café y charlaron de las mismas cosas. Durante años habían estado enfrentados: cada uno de ellos dirigía una empresa de autobuses, empresas que competían por un mismo sector. Las trampas, los chanchullos políticos, la guerra de tarifas, la publicidad. A pesar de la feroz competencia que se hicieron, ambas flotas sobrevivieron, con más o menos fortuna. Luego llegaron sus hijos y heredaron el negocio familiar. Y empezaron a cambiar cosas. Contrataron asesores externos, y estos les recomendaron la fusión. Así que aquellas dos empresas se convirtieron en una sola. Después, lo propio: reducciones de plantilla, eliminación de las rutas no rentables, externalización de gastos, incremento en los precios. Todo muy de la globalización, muy de las nuevas formas de entender la empresa: rentabilidad económica, sólo. Resultado: sus hijos ganan más que ellos con los mismos autobuses, pero la mitad de sus trabajadores están en la calle, estirando la indemnización, y los usuarios pagan más por menos servicios. Eso sí, para demostrar el compromiso social de la empresa se hacen donativos a oenegés, desgravados escrupulosamente a Hacienda. Mientras apuraban el café hablaban de todo eso: como cada jueves. Estaban viejos, y su obligación era añorar tiempos mejores, tiempos en los que la empresa era otra cosa. Por la ventana de bar vieron pasar un autobús de su flota, tan fusionada ella. Sonrieron, vaciaron la taza y salieron fuera. Hasta el jueves entonces. Sí, hasta el jueves.

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Gonzalo Revilla

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