Compartir da miedo

En los nuevos parquímetros que se han instalado para regular el cobro de la zona azul en Huelva, el usuario debe introducir la matrícula del coche para el que solicita el ticket. De esta  manera, si ha pagado más de la cuenta, no podrá compartir el tiempo sobrante con algún otro conductor recién llegado al aparcamiento, una práctica solidaria frecuente entre ciudadanos que, aún sin conocerse, rentabilizan el tributo fraternalmente: “Toma, quédate con el ticket, que yo ya me voy”, “Ah, muchas gracias”, y la cadena de favores se prolonga de forma natural.

¿Qué busca regular el Ayuntamiento, la pérdida de unos pocos euros que se dejan de cobrar, o la empatía entre personas que colaboran amistosamente, sin pedir nada a cambio? La pregunta no es exagerada. Hace poco una advertencia del Ministerio de Fomento enfilaba contra algunas iniciativas que tratan de establecer redes de ayuda mutua entre los ciudadanos. La amenaza en forma de gruesa multa se dirigía a plataformas como Blablacar, que ofertan a través de internet servicios de coche compartido, y en una primera lectura parecía castigar también a los propios usuarios. Se dice que el Gobierno ha cedido a las presiones de la patronal de los autobuses y de los propios taxistas, que llevan tiempo quejándose del uso indebido del transporte privado compartido. Claro que habrá competencia desleal, qué duda cabe, pero el control que se pretende ejercer apunta hacia objetivos mayores.

La verdad es que todo lo que supone una alternativa a los sistemas institucionalizados, una forma espontánea de organización o búsqueda colaborativa de recursos, es inmediatamente vigilado, absorbido o manipulado por el poder. Después de limitar el crowdfunding –el sistema de cooperación colectiva para la financiación de proyectos–, de imponer peajes a los particulares por el autoconsumo doméstico de energía mediante pequeñas placas solares, de cerrar los bancos de alimentos no dependientes de instituciones o de acosar sistemáticamente a los centros sociales autogestionados, ahora le llega el turno a los servicios de transporte compartido. Donde se habla de regulación se debería escuchar intimidación. Ten cuidado, no hagas nada por tu cuenta, que el Gran Hermano vigila.

Otra vez, la pregunta: ¿qué les da miedo? Y una respuesta: el ejercicio de la libertad, la cooperación ciudadana, el apoyo mutuo gratuito. Es decir, lo humano. Si tanta energía se gasta en ese control, es que, sin duda, este es el camino.

 

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Mª Angeles Pastor Alonso

Columnista de "La otra orilla", colaboradora en "Señales de Humo" y pieza en construcción de varios puzzles. Para completar da clases de Lengua.

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