Comprimidos

Esta columna ha encogido un poco desde hace unos días: la nueva maquetación nos ha robado un par de líneas. Así que, en un par de meses, habremos dejado de escribir un buen puñado de palabras, que ustedes, lectores, se habrán ahorrado leer. Eso nos ha hecho pensar en el valor de las palabras en esta sociedad de la imagen. Más de una vez uno piensa que tanta palabra escrita sólo es el relleno que hay entre anuncio y anuncio. ¿Qué queda de la lectura de un periódico al cabo de un rato? ¿cuánto de lo leído permanece en nosotros? Todo parece demasiado efímero, demasiado fugaz. Malos tiempos para la permanencia, para la palabra, para la lectura y el análisis. Suerte que nuestros medios andan llenos de tertulianos que nos dan los análisis bien mascados: para calentar y consumir. Por eso, importa poco escribir una línea más o una línea menos: el esfuerzo siempre es conseguir que alguna de las ideas que expresamos, alguna palabra, se eleve por encima de lo previsible, del homogeneizado pensamiento único, y se fije en el cortex del lector. Con ese deseo nos comprimimos. Y ya.

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Gonzalo Revilla

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