Conquistar y defender

Se sentó en el banco y apoyó la barbilla en el bastón, observando a esa pequeña multitud que iba engordando poco a poco. Había escuchado la convocatoria por la radio, contra los recortes, y había decidido acercarse, más por curiosidad que por convencimiento. Él ya estaba demasiado cansado, demasiado mayor, y hacía muchos años que dejó atrás las luchas, la militancia, las banderas, los pasquines. No es que mudará de ideología, pero ni la motivación ni las fuerzas eran ya las mismas. Así que ahora prefería observar desde fuera.

Recordó las broncas que tuvo con sus hijos hace unos años: estaban sufriendo recortes salariales, él les decía que lucharan, que un paso atrás significaba claudicar, y que el capital seguiría empujando. Sus hijos le contestaron que no era un paso atrás, sino un esfuerzo que debían hacer entre todos, y esa coletilla final que lo irritaba: “eran otros tiempos”. Pero efectivamente: vinieron más pasos atrás, más recortes, los despidieron, agotaron las ayudas. Y ahora sus hijos piensan que tal vez debieron luchar. Por un trabajo que ya no tienen…

Seguía llegando gente, muchos con banderas, muchos otros sin ellas, pero todos, sin excepción, resignados: lo notaba en las caras, en los retazos de conversaciones, en el ambiente. No esperaban ganar nada, no salían a conquistar nada. Y con esa mentalidad de perdedores se termina perdiendo. Siempre. Los derechos, él lo sabía muy bien, no se tienen: se conquistan. Y una vez conquistados se defienden, cada día. Él era viejo, pero sabía esas cosas. Y apoyado en su bastón observaba a aquella gente que se sabían perdedores, y que por eso mismo lo eran.

El grupo iba creciendo, no demasiado. Desplegaron algunas pancartas, y cada organización fue cogiendo sitio. Por allí andaban algunos viejos líderes sindicales, de sus tiempos, aún en primera fila. Algunos se acercaron a saludarle, le invitaron a sumarse. “Están quitándonos lo que tanto nos costó”, le dijo uno de ellos. Pero él seguía sintiéndose ajeno a todo aquello. Simpatizante, como gusta decir ahora, pero no militante. Y para simpatizar no hacía falta levantarse. Así que…

Luego empezaron a corear consignas, la cosa se fue animando, llegó más gente, y la comitiva se puso en marcha. Gritaban y ondeaban banderas y carteles con frases ingeniosas. Y en el fondo de su cansado corazón sintió que aquella era su gente, que aquella era su lucha, y que era él, y no la gente, el que había tirado la toalla, el que había claudicado antes de tiempo. Así que se apoyó en su bastón, se puso en pie, apretó los puños (después de tanto tiempo) y comenzó a caminar tras la multitud.

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Gonzalo Revilla

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