Consenso ético

Cuando escribo estas líneas estamos en plena celebración de la Constitución: los políticos ya se han despachado a gusto con declaraciones de todo tipo, y los ciudadanos lo han escuchado por la radio mientras se dirigían a algún destino, o mientras se desperezaban aprovechando el inicio del puente. ¿Hay que cambiarla? Esa parece ser la pregunta del día, y para una misma pregunta mil respuestas, aunque cierta predisposición a tocarla un poco, a hacerle algunos “arreglillos”, a modernizarla… “Por consenso”, por supuesto, subrayan todos los políticos enseguida. “Claro -podríamos añadir los ingenuos ciudadanos- como por consenso se tocó el artículo 135 para que el pago de las deudas estuviera por encima de los ciudadanos”…

Bueno, pero no enturbiemos los actos de hoy con ironías incómodas. De lo que se trata es de saber si este marco normativo nos sirve para seguir conviviendo en paz, para seguir construyendo un país (federal, autonómico, o como se quiera) sin fracturas ni guerras estériles. La respuesta la escuchaba hoy por la boca de una niña, a la que habían preguntado por la Constitución, y que respondía, con una vocecita inocente, que “lo importante es cumplirla”. Y es que da la sensación de que ese incumplimiento es el origen de estos lodos.

Buena parte de la clase política y financiera de este país ha dedicado su tiempo, sus conocimientos y sus cargos a saltar por encima de la Constitución, a encontrar fórmulas para esquivarla, maniobras torticeras con las que engañar sin ser pillados. Y lo han conseguido, de tal manera que los ciudadanos saben y experimentan que las normas de convivencia no son iguales para todos y todas, y que mentir o engañar no tiene las mismas consecuencias para un político o un banquero que para un currito de a pie. A los indultos nos remitimos.

En ese panorama, decir sí o no a la Constitución, decir sí o no a reformarla, es lo de menos. Porque lo que se ha roto es el “consenso ético”, el convencimiento de querer caminar juntos, con las mismas reglas de juego, con el mismo horizonte colectivo. Y sin ese consenso ético sobrevive el que tiene el mejor abogado, el que tiene menos escrúpulos, el más pirata de la clase, y en ningún caso el interés general.

Ya sé que queda raro hablar de ética, de sueños colectivos, de horizontes. Pero es que eso, en primera instancia, es la Constitución (eso le dicen a nuestros hijos e hijas en los colegios): un pacto de convivencia. No lo escribieron (ni deberíamos reescribirla) para encontrar sus puntos débiles y saltar por encima, sino para poder construir juntos un presente habitable y un futuro mejor. En 1978 se dieron las condiciones y los convencimientos para hacer esto. Hoy tendremos que encontrar las condiciones, los convencimientos y el consenso ético necesario para seguir caminando.

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Gonzalo Revilla

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