Constituyentes

No sólo la respuesta a los recortes se está fragmentando. La sociedad entera lo está haciendo. No hablo sólo de la dualización económica, de la brecha abierta y cada vez más fuerte entre ricos y pobres. Hablo de una sociedad hecha añicos, sin proyecto colectivo al que arrimar el hombro.
La desconfianza se añade a la desesperanza. Y desconfiamos del otro radicalmente.

Hay tantos pactos rotos: el del Sistema Nacional de Salud, aquel en el que se establecía el marco de las relaciones laborales, el del ente público, el de las pensiones… y tantos pactos que nunca llevaron a celebrarse: el de la educación, el del desarrollo de los servicios sociales… que cualquiera puede sentirse legitimado para romper la baraja.

Cada uno cree que la forma en la que se debe organizar la sociedad es distinta: república o monarquía, circunscripciones electorales provinciales, autonómicas o única, listas abiertas o cerradas, tribunales populares o judicatura profesional, capitalismo, comunismo o socialdemocracia, democracia representativa o democracia participativa. Y así hasta -casi- el infinito.

Habíamos llegado a ciertos acuerdos: los que creían en la república aceptaron la monarquía, los liberales aceptaron la intervención del Estado en la economía, los comunistas aceptaron el capitalismo, incluso hubo herederos de Franco que aceptaron someterse al dictado de las elecciones y la Iglesia Católica aceptó lo del Estado laico.

Pero esa base se ha roto: se acabó el buscar consensos, desde el día en que el anterior presidente declaró el estado de alarma parece que vivimos de forma permanente en ese estado de excepción en el que las bases para la convivencia se han roto.

Y llegados a este punto tampoco conviene que nos pongamos nostálgicos, puede que aquello valiera en determinado momento, pero también provocaba sonoras injusticias -la pobreza y la exclusión no son de hoy, mire usted- e impactantes deficiencias -desde los problemas ambientales hasta los déficits democráticos-.

Así que, ¿por qué no? Si se ha roto la baraja, empecemos de nuevo, iniciemos un proceso constituyente en serio, en el que todos nos sintamos participes, en el que todos estemos dispuestos a soñar y prontos a renunciar. La convivencia lo requiere. No valen más gritos, más ruido, más insultos, pero tampoco más imposiciones, más decisiones unilaterales, más apuntar con la tijera siempre en la misma dirección.

Esto segundo se pidió ayer en Madrid por una representación importante de la ciudadanía, lo primero es necesario si no queremos meternos en una espiral en la que terminemos “despellejándonos vivos”. Tengamos altura de miras, humildad, capacidad de diálogo, huyamos de la demagogia, busquemos los puntos de encuentro y también, ¿por qué no?, seamos optimistas.

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Javier Rodríguez

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