Contra la ignorancia

La pobreza es un concepto mucho más amplio que la ausencia de bienes. La
pobreza es deshumanización, es indiferencia, es incultura, es falta de
ilusión, es supervivencia, es cerrazón y egoísmo. De hecho lo peor de la
pobreza es tener la conciencia de que no tienes las mismas oportunidades
que los demás para salir adelante, y eso genera una gran sensación de
vacío y de soledad. Hace años el hijo diabético de la eurodiputada,
Francisca Sauquillo, sufrió una hipoglucemia en una estación del Metro de
Madrid. Al chico lo arrastraron a la calle para dejarlo morir tirado en el
suelo, porque los guardias jurados lo confundieron con un indigente. Este
podría ser un dramático ejemplo de que, si te asocian a un colectivo
marginal, dejas de ser persona y dejas de tener derechos, pasas de ser una
persona en singular, con nombre y apellidos, a ser uno más del plural, uno
de tantos pobres, mendigos, sin papeles, drogadictos, prostitutas…

Por eso es importante hacer visibles los rostros de la pobreza para, sobre
todo, ponerles cara concreta. Si damos ese paso habremos avanzado
sobremanera en la lucha contra la ignorancia de una realidad tan presente
y tan masiva en la España pos-desarrollada. Porque es sencillo hacer
juicios facilones sobre la pereza, la cara dura o la maldad de quien ahora
mismo se ve sin nada. Pero revise el querido lector los perfiles de la
nueva pobreza de España: pequeños empresarios arruinados, familias
desahuciadas, parejas divorciadas y, sobre todo, parados. Todos
“normales”, gente que nunca pensó que se vería así. ¿O acaso creemos que
si dejamos de pagar nuestra casa el director de nuestro banco, sí ese que
te saluda agradable, que te confiesa las mismas aficiones, te ayudará en
caso de apuro? Un tropiezo en la vida y estamos con el agua al cuello.

Por eso, la mejor lucha contra la pobreza es la lucha contra la
ignorancia. Sólo sabiendo lo que pasa y sabiendo a quién le pasa podremos
actuar, exigir soluciones, señalar a los que ahora tienen que ayudar más
que nunca: dando trabajo, dando facilidades, acompañar, animar, generar
espíritu comunitario, creer de verdad que lo que le pasa al otro me pasa,
de alguna manera, a mí también. Y ser generadores de oportunidades.

Todos deberíamos tener la oportunidad de levantarnos si las cosas no nos van bien, y todos deberíamos tener el deber de levantar a quien nos necesita.

Haciéndolo le damos sentido a nuestra humanidad, superamos la jungla en la que nos quieren hacer creer que vivimos, ese espacio de recursos limitados donde hay que pelear por conseguirlos y donde sólo sobreviven los más fuertes, donde reina el olvido y la indolencia. Y es que no hay más
pobreza que la vida acumulativa y en soledad, ni más riqueza que la vida
compartida y consciente.

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Victor Rodríguez

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