Contra la riqueza

Ahora nos debe ser más fácil comprender cómo se han sentido los ciudadanos de esos países que quedaban a la cola de las listas elaboradas por el FMI, el Banco Mundial y tal. Ahora nos será más fácil simpatizar con la causa de los que piden la abolición de las deudas odiosas, contraídas por gobernantes sin escrúpulos, que sabían que estaban condenando a la miseria a generaciones enteras de sus conciudadanos, a unos acreedores que ganaban y ganaban y ganaban a costa de la miseria de la mayoría de la población mundial.

Ahora nos resultará más fácil empatizar con los millones de personas que a lo ancho del mundo sufren la pobreza porque el nuevo mapa del reparto de la tarta nos ha asignado el papel de “pobres”. Otra vez.

Ahora que esto es así, nos tiene que ser más fácil solidarizarnos, sentirnos en el mismo barco que todos ellos. Y en estas circunstancias debemos reclamar que los recortes tampoco se ceben con la escuálida partida de cooperación.

Sabemos que, al igual que el problema de “déficit” no lo generó ni la sanidad ni la educación pública, ni los servicios sociales o la ley de dependencia. Tampoco lo creó la cooperación.

Sabemos que la economía mundial sufre un problema muy grave de reparto de las oportunidades, de recursos, de medios y con eso hay que acabar.

No puede ser que mientras millones de personas mueren por la miseria, unos cuantos se regodeen en su riqueza montados en sus coches de lujo, viviendo en sus mansiones de lujo, disfrutando en sus vacaciones de lujo. No puede ser. Y si esos pocos no tienen la suficiente catadura moral como para comprender que su riqueza se sustenta en la miseria de millones habrá que cambiar las reglas del juego para que esto no siga siendo así.

Hay que acabar con los paraísos fiscales, hay que limitar las diferencias salariales, hay que profundizar en la progresividad de las tributaciones fiscales, habrá que prohibir los coches de lujo, ¡qué se yo! Pero no puede ser que mientras unos irresponsables se gastan seis mil euros en tirar una botella de champán en las cabezas de los invitados a sus fiestas de la jet marbellí -por poner un ejemplo- estemos mendigando ayuda y poniendo a competir la sanidad y la cooperación internacional.

Nos obligan a desenfocar el problema porque el problema son ellos, los ricos y su frivolidad.¡Ya está bien! Me parece que ya no es tiempo para los discursos cargados de buenas intenciones, se acaba el tiempo y la paciencia. No pueden seguir engañándonos, hay que acabar con la riqueza, porque esa es la única manera de acabar con la pobreza. Que no pretendan hacer creer que generando riqueza luego todo se repartirá. No debemos aceptar migajas. Los pobres del mundo, los de aquí y los de allí estamos llamados a unirnos, a cooperar, no a enfrentarnos.

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Javier Rodríguez

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