Coordinados

En estos tiempos no queda más remedio que volver a poner la solidaridad en
primera línea mediática, y es que, como casi siempre, la acción de las
personas va por delante de la de los poderes públicos. Mucho se ha
avanzado en la vertebración de la acción social, sobre todo a través del
asociacionismo, que ha ayudado a unir voluntades, sensibilidades, o
necesidades en común, y que algunos marcan como el verdadero termómetro deuna Democracia. También hay personas que van por libre y realizan
iniciativas de cuidado de los demás, pero por su cuenta. Aquí tenemos el
caso del lepero Patrocinio Mora, que da de comer cada Navidad en su
restaurante a inmigrantes residentes en la localidad, devolviendo la
necesidad de cuidado y cercanía, que él ansiaba cuando también era
emigrante en centroeuropa (por cierto habrá que promocionar el restaurante
de este hombre porque, puestos a ir a comer a un local, mejor hacerlo en
el de una persona sensible con los demás y que, según él mismo reconoce,
su negocio no es ajeno a la crisis).

El problema aparece cuando, cada persona, grupo o colectivo, establece las
prioridades y acciones por su cuenta, en ocasiones con el único fundamento
de su buena voluntad. Y es que, cuando alguien se mete en el
acompañamiento de procesos tan complejos asociados a la exclusión social,
drogodependencias, prostitución, inmigración, paro, etc. podemos caer en
el error de simplificar el diagnóstico y la solución, y terminar
agrandando el problema de inicio, en lugar de intentar resolverlo.

Para dar pasos en la dirección correcta se están empezando a gestar
iniciativas de coordinación, conocimiento y entendimiento entre entidades
que, en ocasiones comparten colectivo y ámbito de trabajo, y todas
trabajan en un entorno tan abarcable como Huelva y su provincia. Pero esto
no siempre resulta fácil. En ocasiones hay rencillas, conflictos e
incomprensiones, entre gentes que deberían remar en el mismo barco, lo que
siempre me recuerda a la escena de la película de los Monty Phyton: la
Vida de Brian, donde los grupos de liberación Palestina, terminan
odiándose más entre sí, que al propio imperialismo romano.

Con la caída de subvenciones públicas y la eliminación, salvo excepciones,
de las obras sociales de las cajas de ahorro, muchos colectivos se
enfrentan al reto de reinventarse, justo en el momento en el que más
demanda de ayuda tienen. Muchos de los manuales de buenas prácticas
aconsejan la fusión y complemento de asociaciones pequeñas que
perfectamente podrían caminar unidas. Aunque haya que ceder algo de
protagonismo, de objetivos o filosofía de intervención, el fin de las
asociaciones no puede ser el de perdurar persé, sino el de mejorar la
sociedad donde están encarnadas, su única razón de ser.

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Victor Rodríguez

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