COP23

Aunque se está celebrando en Bonn, Alemania, la Cumbre del Clima de Naciones Unidas debería haber tenido su sede en Fiyi, un pequeño archipiélago del Pacífico. El problema es que no había manera de alojar, en ninguna de sus islas, a los más de 20.000 participantes de la Cumbre. Aún así van a presidir la cumbre, organizar los debates y marcar la agenda de trabajo.

Allí saben del cambio climático, y mucho. Porque la subida del nivel del mar puede terminar engullendo la mayor parte de su territorio. Es decir: una país que no ha causado de ninguna manera el cambio climático sufre de manera incisiva sus consecuencias. Y como Fiyi tantos otros, países o comunidades, que ven como su entorno se deteriora, o se ve sometido a la violencia de la naturaleza como nunca antes.

En los pasillos de la Cumbre se encontrarán los representantes de estos países pequeños y golpeados con los representantes de los grandes países contaminantes. Como Estados Unidos, que estará, aunque por poco tiempo: Trump ha decidido retirar la financiación a todos los programas relacionados con el cambio climático. Y ha decidido, al fin, ignorar la realidad y seguir jugando al negacionismo. De hecho en el 2020 ya no participarán en estas Cumbres. No va con ellos.

En esta COP23 no jugamos mucho, y sin embargo casi no nos hemos enterado de su celebración. Las organizaciones ambientalistas como Greenpeace, Ecologistas en Acción, WWF o Amigos de la Tierra hacen todo el ruido que pueden, pero los ciudadanos no parecemos excesivamente preocupados. O tal vez el problema nos resulta tan inmenso, que preferimos mirar hacia otro lado, y hacer como si este clima loco fuera normal, como si las insistentes tormentas tropicales no fueran más que una brisa recurrente, como si las emisiones de CO2 que no terminamos de reducir fueran un mal necesario. Somos, así, negacionistas también nosotros.

Pero ese negacionismo es un callejón sin salida, una especia de autofagia planetaria. Es importante que miremos atentamente lo que ocurre en esta COP23, que presionemos a través de las organizaciones locales, que vigilemos el cumplimiento de los objetivos que se fijarán, que luchemos para que nuestros gobernantes tomen conciencia, firmen la financiación necesaria, legislen en la dirección correcta y ejecuten lo pactado en los Acuerdos de París. Hagamos como si viviéramos en una de las islas de Fiyi, a la orilla del mar.

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Gonzalo Revilla

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