Coste social

Cuando hay una crisis y las cosas se ponen feas, es fácil caer en el efecto “barco que se hunde”. Y el miedo a perder parte de nuestro bienestar o ritmo de vida, nos puede hacer aflorar exacerbadamente las necesidades personales, el egoísmo, o el mero instinto de supervivencia del primero yo y los que vienen detrás que se espabilen. Y si las crisis suelen golpear sobre todo a los colectivos más vulnerables, podemos asociar la idea simplista de que gastar en presos, personas sin hogar, drogadictos o prostitutas no es prioritario, o que simplemente es un gasto inadmisible. Nada más lejos de la realidad. Detrás de cada euro invertido en colectivos sociales y vulnerables se recuperan muchos más. Quizás sea difícil de calcular, quizás no si valoramos todos los matices que aparecen a lo largo de nuestra vida. Propongo, por ejemplo, el caso de una persona adicta a las drogas. Vive en un contexto que le afecta no sólo a él, sino a otros muchos, directa e indirectamente. La droga supone, en lo personal; un proceso de autodestrucción. En el ámbito familiar: desamparo, maltrato, desatención a niños y padres. En el mundo laboral: problemas en el trabajo, absentismo, paro. Problemas con la justicia: multas, sanciones, juicios, condenas, entradas en prisión. En la salud: deterioro general, malnutrición, riesgo de infecciones, VIH. Además del deterioro social que supone para nuestros barrios y pueblos.

¿Cuánto dinero hay detrás de todo este proceso, algunas veces invisible para la mayoría? Mucho. Sin embargo, si una persona inicia un proceso de rehabilitación y reinserción, llegará un momento en el que se recupere como persona, recupere su entorno familiar, será capaz de entrar en el mercado de trabajo: se hará autónomo en lo económico, cotizará a la Seguridad Social, dejará de tener problemas legales, descargando los juzgados, tendrá menos visitas al hospital, disminuyendo sobremanera el riesgo de infecciones, mejorará la convivencia vecinal. Y así podríamos seguir enumerando otros múltiples factores, a veces más pequeños pero no por ello menos importantes. Esto es sólo un ejemplo, pero la misma reflexión podríamos hacerla para el resto de colectivos excluidos ¿Hemos pensado en ello?

Por eso, si hablamos de crisis, y tenemos la tentación de pensar que el apoyo económico público para el desarrollo de programas de integración social, supone un gasto inútil. Porque se trata al final de dar la cara por personas que no se lo merecen, que no deberían tener más oportunidades, porque han “elegido” esa forma de vida. Si queremos, dicho lo dicho, podemos agarrarnos a las razones meramente economicistas y a sus criterios de rentabilidad. Pero a mí me gustaría que las razones que nos movieran a promover e incrementar el “gasto” social fueran las de buscar la igualdad real en derechos, para que nadie se quede atrás. Formación e inserción laboral, acompañamiento en itinerarios personales, pisos de acogida, centros de rehabilitación de drogas, dinamización de barrios, mediación familiar. Todo estará justificado. Y mejorará, no sólo la vida de unos cuantos, no imaginamos hasta dónde puede llegar su efecto multiplicador, cual cadena de favores. Verdaderamente, a poco que lo pienses, ganamos todos.

The following two tabs change content below.

Victor Rodríguez

Latest posts by Victor Rodríguez (see all)

You may also like...

Deja un comentario