Crisis de los treinta

Uno de los homenajeados en el acto que la Diputación brindó a los diputados y senadores de la Democracia hablaba el otro día de “ingenuidad”: ingenuos eran los que en aquellos primeros años de cambio político decidieron dejar sus dedicaciones o profesiones y volcarse en el servicio público, y vivieron la experiencia como “un honor y cumplimiento ciudadano”, como les reconocía el propio José Bono. Esa ingenuidad ya no está presente en la política actual, tan marcada por intereses partidarios y por el estilo “profesional” de quienes se dedican a ella. También ha desaparecido de la ciudadanía, que ha pasado en estos treinta años de la ilusión al desencanto y percibe la política con escepticismo o incluso abierto rechazo. Quizás por eso tiene más sentido que nunca celebrar estos 30 años de Constitución. Los treinta son la primera crisis que se vive en la madurez: con esa edad hay cuestiones ya asentadas en la vida, pero otras que necesitan un cambio. Negarse a ver esa necesidad –en la manera de hacer política, en las propias Normas que nos rigen- es un síntoma de inmadurez. La democracia necesita seguir creciendo.

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Mª Angeles Pastor Alonso

Columnista de "La otra orilla", colaboradora en "Señales de Humo" y pieza en construcción de varios puzzles. Para completar da clases de Lengua.

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