Crucifijos

La profesora de mi hija ha decidido no celebrar la Navidad en su clase de tres años, acogiéndose a la laicidad de la escuela pública, circunscribiendo el hecho religioso al entorno familiar. El criterio me parece ajustado al modelo de ciudadanía plural y de libertad de creencia, y lo acepto. La paradoja aparece cuando no se mantiene el mismo principio en todos los órdenes sociales, siendo tajante en unos aspectos y laxo en otros muchos. Y es que esos mismos que no quieren crucifijos en las aulas se deshacen en vivas a la Blanca Paloma o en horas de costal debajo de los pasos de nuestra Semana Santa. Celebramos la Inmaculada, la Cinta, las romerías con fervor y luego nos insulta la presencia de un símbolo religioso en un centro educativo, mientras nosotros mismos colgamos cadenas y cruces en casa, el coche o en el propio cuerpo. No estamos preparados para una laicidad pura (estilo francés), y la adornamos de detalles progres cuando, después, comulgamos con ruedas de molino.

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Victor Rodríguez

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