Cruzar

chatarra-MelillaYa lo intentó una vez, cruzando en los bajos de un camión, pero lo pillaron, la policía de su país lo apaleó a él y a otros dos chicos que iban con él. Y otra vez más quiso subirse a un ferry, saltando al mar y subiendo por los amarres, pero también lo pillaron. Volvió a los muros del Puerto, donde historias como esa se contaban entre risas, cientos de chicos soñando y tentando la suerte. En absoluto era anecdótico: más bien rutinario, una asignatura más, una actividad más de la semana, tratar de cruzar, buscar un hueco, algún nuevo resquicio de la frontera europea…

Le habían hablado de unos camiones, de unas cámaras de vídeo estropeadas, un amigo conocía a un chico que ya estaba en España, había sido fácil, decía, esta vez podía salir bien. E hicieron planes, esta noche no que había quedado para salir con esa chica que le gustaba tanto, pero mañana, vale, sin problemas, pues a las nueve junto a la garita. Pasó un día bastante agitado, presentía que esta vez sí, que por fin podría cruzar, llamar por teléfono a su madre desde el otro lado, encontrar algún trabajo, mandar dinero a su familia, ir al Bernabeu tal vez. Hizo su mochila con apenas algo de ropa y un bocadillo. Y fue al sitio acordado.

El plan parecía sencillo, los camiones pasaban cargados de chatarra, había que saltar en el momento adecuado, esconderse y esperar. Nada más. Esperar. Vieron como varios chicos saltaban. Los camiones fueron pasando, ellos saltaron al último. Notó como se destrozaba la rodilla contra los metales, y empezó a escarbar entre aquellas latas y aquellos tubos oxidados, se cortó las manos, pero no paró. Se hizo un hueco en el montón de chatarra mientras su amigo hacía lo mismo unos metros más allá. El camión seguía circulando hacia el puerto. Quedó completamente enterrado, respiraba con dificultad, y no olía demasiado bien. Oyó el ruido de los controles del puerto, preguntas rutinarias, gritos. Alguien subió a la caja del camión, más gritos. “Sal de ahí, estás loco”, y supo que estaban arrastrando a su amigo fuera del camión. Le esperaba una buena tunda de palos.

Luego silencio. El camión terminó de pasar los controles y apagó el motor, tocaba esperar al próximo ferry, le dolían todos los huesos, la noche se hizo eterna, tuvo todo el frío del mundo, pero no se movió. Cuando empezó a clarear el camión arrancó y sintió que entraba en el barco. No lo podía creer. Estaba muy cerca. Nuevamente el silencio, sonaba la gente en cubierta, atravesaban el Estrecho, estuvo a punto de salir, pero casi no se podía mover, notaba la sangre salir por las heridas, estaba cansado. Ya quedaba poco. Se estaba durmiendo. Sólo tenía 15 años.

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Gonzalo Revilla

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