Cuestión de decencia

La ONG Madre Coraje ha lanzado una campaña para poder seguir enviando a Perú medicamentos no usados de pacientes españoles. Con estos fármacos que acaban caducando en el botiquín de nuestras casas, y con el trabajo de muchos voluntarios, la organización atiende a más de 50.000 personas empobrecidas al año. Lo han hecho durante más de dos décadas, pero ahora se enfrentan a una prohibición absurda: la que procede de una normativa que impide dar una segunda vida a estos medicamentos, por motivos, dicen, de seguridad de los pacientes.

Bajo la alfombra de esta legislación están los férreos intereses de la industria farmacéutica, poco amiga de de la cooperación y eventualmente dispuesta a dejar morir a la gente y malgastar recursos, antes que a ceder un ápice de sus ganancias. Poco importa que la población a la que se destinan esas medicinas no pueda pagarlas: es preferible que los fármacos terminen en los contenedores antes que en los dispensarios.

El asunto de los medicamentos reciclados, que no implican pérdida real de beneficios, debe ser para las farmacéuticas cuestión de principios, digamos, aunque la ironía dé hasta vergüenza. En el otro extremo están esos otros medicamentos de tan altísimo precio que se convierten en inaccesibles para los sistemas públicos de salud, como el fármaco para tratar la hepatitis C. El famoso Sovaldi, cuyo coste de fabricación es cien veces menos que el precio de venta, ha destapado la tensión abierta entre la salud pública y la rentabilidad empresarial. Y no es el único ejemplo.

El lema de la campaña de Madre Coraje es “cuestión de suerte”, y ese azar deja al descubierto dos realidades poco visibles: de un lado, la inmensa fortuna de tener acceso a una salud pública de calidad de la que gozamos en esta esquina del mundo. Y de otra, la desdicha de enfrentarse a la enfermedad sin la más mínima posibilidad de salir airoso, ya sea por el desorbitado precio del medicamento o por estar en situación de pobreza extrema. En cualquier caso, se trata de generar debate sobre el trasfondo ético de este asunto: ¿es lícito tratar patologías graves con medicamentos tan caros? ¿Vamos a permitir que se legisle siempre contra los pobres, incluso con lo que sobra? El acceso a la salud no debería ser nunca cuestión de suerte, aunque por desgracia tantas veces lo sea. Pero consentir que poderosas industrias hagan caja a costa de él, es cuestión de compromiso. Y de decencia.

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Mª Angeles Pastor Alonso

Columnista de "La otra orilla", colaboradora en "Señales de Humo" y pieza en construcción de varios puzzles. Para completar da clases de Lengua.

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