Cueva de ladrones

“Habéis convertido la casa de mi padre en una cueva de ladrones” gritó Jesús cuando entró en el templo y lo encontró lleno de cambistas y mercaderes. Un sentimiento parecido debió tener el papa Francisco cuando llegó al Vaticano, así que decidió anunciar que algo iba a cambiar y el mes pasado creó una comisión de investigación.

La noticia ha provocado ya que vuelquen algunas mesas de los que, al amparo de la Iglesia, estaban haciendo negocio: de momento un encarcelado y dos dimitidos y, todavía, la investigación no ha hecho más que empezar.

Hasta ahora el papa había llenado crónicas enteras con sus gestos de austeridad, buena voluntad y buenos deseos hacia los pobres: cambios de indumentaria, de medio de transporte, acercamiento a los que sufren. Hechos muy similares a los que acompañaron el inicio del pontificado de Juan XXIII y que animaban a comparar el periodo que arranca con aquel que supuso un cambio tan profundo en una Iglesia que paraba de mirarse en su propio boato y grandeza y que pasaba a estar firmemente convencida de que lo fundamental de su esencia es el Evangelio del Amor -el de Jesús, para despistados-.

Pues eso, que los primeros pasos dados por el pontífice acrecentaban las esperanzas de los millones de personas que a lo ancho del mundo sufren las peores situaciones de pobreza. Pero faltaba la otra parte, todo quedaría en un bonito teatro si esos gestos no se acompañaban de hechos. Los pobres no son pobres por algún extraño fenómeno meteorológico sino por decisiones de hombres que acaparan las riquezas con malas artes y se niegan a repartirlas. Y eso hay que denunciarlo: si hay bienaventuranzas para los pobres hay malaventuranzas para los ricos. Y para predicar esto hay que empezar en casa. Si el Banco Vaticano está imbuido en la misma dinámica torticera y dañina que el resto del sistema financiero internacional habrá que empezar a predicar con el ejemplo y es una muy buena noticia que Francisco lo haya hecho.

Esperemos que sigamos conociendo noticias como esta. Muchos gestos, muchas palabras, mucha reflexión que acerque la Iglesia a los que sufren, al estilo de Jesús, pero también hechos valientes, audaces, que provoquen cambios reales en el estado de las cosas, que llenen de contenido los gestos, las palabras y la reflexión, que transformen las estructuras que provocan el dolor de los pobres y excluidos del mundo. O que acaben con ellas. Esperemos.

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Javier Rodríguez

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