DDHH

En 1948 se firmó la Declaración Universal de los Derechos Humanos, tal vez uno de los textos más hermosos que haya parido la humanidad. Toca ponerse escéptico, y subrayar todo lo que queda por hacer, la violación sistemática, consentida y también universal de estos Derechos. Toca ponerse aguafiestas, porque ciertamente muchos canallas han convertido esta Declaración en papel mojado. Pero toca, sobre todo, admirarse de la voluntad y la visión que fueron (fuimos) capaces de tener los que redactaron aquel texto. La historia seguramente reseñara ese momento como una de las grandes luces, como una demostración de la grandeza que podemos llegar a mostrar cuando nos empeñamos. Léanla: es, sin duda, una lectura sugerente, emotiva, bienintencionada, ambiciosa. Si pudimos escribir aquello, si pudieron ponerse de acuerdo para ratificarla, si seguimos empeñados en que se cumplan con amplitud, sin fisuras, entonces es que la Humanidad merece la pena. Podemos sentirnos orgullosos de lo que somos, de lo que podemos llegar a ser. Sin engaños: queda mucho por hacer, y hay grandes heridas, crueldades innecesarias. Hay, sin duda, muchas sombras, pero las luces son incontestables, brillantes. Tal vez es lo que le falta a este momento histórico, al menos en occidente: la convicción plena de que estamos llamados a ser grandes, llamados a hacernos dignos de ese nombre: Humanidad. Felicitemonos por la Declaración Universal de los Derechos Humanos: ese texto define lo mejor de nosotros. Y es tanto.

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Gonzalo Revilla

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