De canastas y focos

Era un grupo de jóvenes, en un barrio de esos que antes llamaban obrero, y que ahora llaman periférico. Era de noche, así que, según los tópicos al uso, esos chicos debían de estar agarrados a una botella colectiva. Pero no: se afanaban en hacer canastas en una pista deportiva. Todo bien, de no ser porque lo hacían a oscuras: los focos de la pista permanecían apagados. De hecho no han estado nunca encendidos, aunque el complejo deportivo lleva terminado algunos años. Aún no lo han inaugurado, pero está hecho una pena, abandonado, descuidado. Aquello ha debido de costarnos un dinero. Pero los focos permanecen apagados. Y los jóvenes, aquellos que quieren huir de los tópicos asignados por los adultos, han de hacer canastas a oscuras. Con los jóvenes pasa eso: dedicamos todo el tiempo a condenarlos, a moralizar, a compararlo con otros tiempos pasados y supuestamente mejores. Así que perdemos la concreción, el aquí y ahora. Hay todo un conjunto de políticas dedicadas a los jóvenes, planes, proyectos, estrategias. Pero en el último paso algo falla, y los focos no se encienden. Claro que aquellos chicos hacían canasta, a pesar de todo. Y quizás prefieran que no andemos hurgando en sus asuntos, que bastante desordenado tenemos ya el mundo adulto como para enredar en el suyo. Es difícil: lo de los jóvenes siempre lo fue. Porque, en definitiva, nos asustan más que nos preocupan: son el relevo imparable, tienen el tiempo a su favor. Y son capaces de encestar sin focos. Y nosotros incapaces de encendérselos.

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Gonzalo Revilla

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